Canasta básica asfixia a mujeres jefas de hogar

Cada mañana, Carmen sale temprano hacia el mercado Oriental, en Managua. Tiene 36 años, es madre soltera y sostiene sola la crianza de su hija de siete años. Trabaja largas jornadas en un tramo comercial y recibe un salario que apenas le alcanza para cubrir alimentación y transporte.
En su casa, el aumento de la canasta básica se traduce en decisiones que debe pensarlas con la cabeza fría para hacer “rendir la comida”.
“El queso ya anda por los 120 córdobas la libra. Aunque encontrés uno más barato, no baja de 70, quizá 80 córdobas. Entonces una ya no compra igual. Lo rallas para que rinda más y apenas le ponés un poquito a la comida”, cuenta Carmen.
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La experiencia de Carmen es igual a la que viven muchas mujeres en el país, que sostienen hogares en medio del aumento sostenido del costo de vida.
En abril de 2026, la canasta básica tuvo un costo de 21,245.69 córdobas, mientras los salarios continúan muy por debajo de ese monto. Para las mujeres jefas de hogar, esa diferencia implica reorganizar constantemente la alimentación familiar y asumir mayores cargas económicas y de cuidado.
Carmen trabaja en un tramo del Mercado Oriental, uno de los principales centros de comercio popular del país, donde miles de personas sobreviven en condiciones laborales definidas por la informalidad y la falta de seguridad social.
Con sus ingresos difícilmente puede cubrir el aumento constante de la canasta básica. “Una siente siente el alza porque los salarios no suben, los salarios se mantienen”, señala Carmen.
Su situación también refleja las desigualdades que atraviesan las mujeres en el mercado laboral en Nicaragua.
Datos de la Encuesta de Empleo Mensual del Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide) correspondientes a marzo de 2026 muestran que la participación laboral de las mujeres continúa siendo significativamente menor que la de los hombres.
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Mientras la tasa de participación masculina —que mide el porcentaje de personas en edad de trabajar que están activas en la economía, es decir, que tienen un empleo o están buscando uno activamente— alcanzó el 77.4 %, la femenina se ubicó en apenas 54.1 %, igual que hace un año.
Además, la tasa de inactividad de las mujeres —que representa a las personas en edad de trabajar que no tienen empleo y tampoco lo están buscando—, llegó al 45.9 %, casi el doble que la registrada entre hombres que se ubicó en 22.6%.
En Nicaragua, muchas mujeres responsables de hogares trabajan en condiciones de informalidad o precariedad laboral. Muchas dependen de ventas ambulantes, comercio popular, trabajo doméstico o pequeños emprendimientos sin estabilidad económica ni acceso a seguridad social.
Además del trabajo remunerado, sobre ellas recae la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado no remunerado: cocinar, cuidar hijas e hijos, administrar el presupuesto familiar y garantizar alimentación pese a la inflación.
“Yo soy padre y madre para mi hija y debo garantizar su comida. Mi prioridad es ella, aunque todo esté caro”, resume Carmen.
Los alimentos básicos continúan registrando aumentos constantes en mercados y supermercados. Productos esenciales como huevos, queso, aceite, arroz y carne representan una parte cada vez mayor del gasto mensual.
El queso seco aparece entre los más costosos de la canasta básica. Una familia necesita en promedio nueve libras mensuales y cada libra alcanza los 123.71 córdobas, según datos del Inide.
También se encareció la leche, cuyo consumo mensual estimado es de 30 litros para una familia de seis personas, con un costo acumulado de 1260.30 córdobas, convirtiéndose en uno de los rubros más caros de toda la canasta alimentaria.
Las carnes continúan siendo otro de los productos más difíciles de sostener para los hogares nicaragüenses. La posta de res registra uno de los precios más altos por libra, con 155.39 córdobas.
A esto se suma el pescado, cuyo precio alcanza los 117.05 córdobas por libra.
Estos productos son esenciales para la alimentación familiar, pero el incremento constante de sus precios obliga a muchas familias a reducir su consumo o sustituirlos por alimentos más baratos y menos nutritivos.
La inflación alimentaria no afecta únicamente el acceso a productos básicos. También incrementa las desigualdades de género ya existentes.
“A veces yo quisiera comprar más frutas, más carne o mandar algo extra a la escuela, pero no se puede. Primero debo ver si que alcance para comer toda la semana”, explica Carmen.
