El duelo suele pensarse como una experiencia íntima, casi privada, atravesada por el dolor y la ausencia. Sin embargo, pocas veces se nombra todo lo que lo rodea: expectativas, tiempos, formas, silencios. Hay una idea persistente de que existe una manera correcta de doler, un ritmo adecuado para atravesar la pérdida y un momento en el que, finalmente, deberíamos estar bien. Como si el duelo pudiera ordenarse. Como si el dolor obedeciera.

El duelo no se limita a la muerte. Aparece en el desarraigo, en la ruptura de vínculos, en la pérdida de proyectos de vida y en todas aquellas formas en que algo que sostenía sentido deja de estar.

El punto neurálgico de los duelos no está solo en la pérdida, sino en el sistema en el que se configuran, se regulan y se desplazan. No son neutras. Son experiencias moldeadas por dinámicas sociales que reproducen desigualdad. Desde ahí, el mandato frente al duelo es disciplinar, contener y ordenar las emociones dentro de márgenes aceptables.

No es solo una experiencia individual. Hay mandatos —muchas veces invisibles— que regulan cómo debe vivirse la pérdida, especialmente en las mujeres. El mandato del tiempo, que exige no quedarse demasiado; el del silencio, que permite el dolor siempre que no incomode; el de la dignidad, que rechaza la rabia, el deseo o cualquier emoción que desborde; el del sacrificio, que espera que sigamos sosteniendo a otros incluso cuando estamos rotas; y el de la clausura, que insiste en cerrar, superar, avanzar.

Ese disciplinamiento no es abstracto. Opera sobre los cuerpos y sobre lo que se nos permite o no hacer con la vida después de la pérdida.

En edades avanzadas, hasta cuatro de cada diez mujeres son viudas, frente a uno de cada diez hombres. Pero no se trata solo de números, sino de condiciones. Muchas mujeres atraviesan la pérdida en contextos de precariedad, dependencia económica o exclusión social. En América Latina, distintos estudios muestran que más de la mitad reporta soledad; más de un tercio enfrenta problemas económicos y de salud.

No todas las pérdidas pesan igual. Algunas pesan más cuando tocan los vínculos sobre los que se nos enseñó a sostener la vida.

Y, sin embargo, incluso ahí, hay algo que no encaja en los mandatos: la capacidad de seguir. Cerca del 78% de las mujeres logra continuar con su vida. No porque el dolor desaparezca ni porque la pérdida se cierre, sino porque el cuerpo insiste. La vida no se detiene. Incluso en condiciones adversas hay una forma de volver que no responde al sacrificio, sino a la persistencia de lo vivo.

Eso es, precisamente, lo que incomoda.

El problema no es el dolor. Es cuando no obedece.

En ese punto, uno de los extractivismos más feroces se vuelve visible: la apropiación del desgaste emocional. El duelo no solo se vive; se regula, se administra y muchas veces se explota. La carga emocional se convierte en un recurso exigido, prolongado e invisibilizado.

En mi caso, el duelo no ha sido una experiencia exclusivamente íntima. Ha estado atravesado por la violencia, por la injusticia y por la necesidad de nombrar. No elegí la palabra como consuelo, sino como una forma de seguir en pie. No elegí politizar el dolor como consigna, sino como una convicción vital. Porque hay pérdidas que no pueden reducirse al silencio sin volverse cómplices del olvido.

No desobedecí los mandatos solo por rebeldía.

Los desobedecí para sostener la vida.

Eso implicó tomar decisiones que incomodan. No convertir la pérdida en sacrificio permanente. No hacer del dolor una identidad. No aceptar que el duelo implicara una renuncia total al cuerpo, al deseo, a la palabra. Sostener la coherencia entre defender la vida y seguir viviéndola.

Desde ahí, la autodeterminación del cuerpo —nuestro primer territorio político— implica sostener la vida más allá de la pérdida. Reconstruirse desde la memoria, la coherencia, las cicatrices y la comunidad, sin renunciar a reorganizar la existencia.

El placer —como forma de vida que insiste— en una mujer en duelo incomoda. Se interpreta como traición, como falta de respeto, como olvido. Como si la memoria exigiera inmovilidad. Como si honrar implicara quedarse fija en el dolor.

Pero el placer es una forma de afirmación política de la existencia. Porque la vida —en sí misma—es placer. No como negación del dolor, sino como una respuesta que rehúsa quedar atrapada en la inmovilidad que se nos impone.

* Por Claudia Vargas, activistas feministas y Vlada Colomer, activista transfeminista, ambas nicaragüenses en el exilio.

Perfil del autor
La Lupa Feminista

Medio crítico feminista que informa sobre Nicaragua bajo dictadura.