Defensoras mesoamericanas en el exilio “seguirán alzando la voz contra las injusticias”


Precariedad económica, racismo y dificultades para acceder a empleo y vivienda. A estos obstáculos que enfrentan las defensoras mesoamericanas migradas, exiliadas y desplazadas en España se suman las secuelas de “la violencia, del autoritarismo, de la criminalización” que las obligó a salir de sus territorios, así como el desafío de mantener sus luchas desde el exilio.
“La mayoría estamos en el Estado español porque en nuestros lugares de origen quisieron silenciarnos, porque tuvimos que huir de la violencia, del autoritarismo, de la criminalización de quienes imponen sus intereses a costa de la desigualdad, la represión y la explotación de nuestros pueblos; porque el despojo y la pobreza en nuestras comunidades nos obligaron a desplazarnos para sobrevivir”, señalan en un comunicado más de 50 defensoras que durante tres días participaron en un encuentro en Zaragoza.
El documento, divulgado por la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos (IM-Defensoras), reúne las voces de participantes de México, Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Entre ellas hay mujeres, personas trans y no binarias, defensoras del territorio provenientes de pueblos originarios, feministas, periodistas y sanadoras.
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Las firmantes también reconocen que sus trayectorias son diversas. Algunas huyeron de la violencia política o de las condiciones de pobreza y despojo en sus comunidades; otras migraron por decisión propia, por amor o por el deseo de comenzar una nueva vida.
“Compartimos nuestros dolores, nos inspiramos en las resistencias y apuestas emancipatorias que cada una construye individual y colectivamente, dimos espacio a las dudas y los cuestionamientos”, señalan.
Las defensoras describen el desplazamiento como una experiencia que va más allá de cambiar de país. Implica afrontar las secuelas de la violencia, adaptarse a un entorno desconocido y encontrar condiciones para vivir con dignidad, mientras intentan mantener sus vínculos familiares, comunitarios y políticos.
“En nuestro caminar migrante cargamos pesadas mochilas”, expresan. En ellas, explican, están “los impactos que dejó en nuestros cuerpos la violencia, los miedos acumulados” y “la angustia por quienes dejamos en nuestros países”.
A esas cargas se suman obstáculos materiales que dificultan la integración.
“En esa mochila —subrayan— también están los prejuicios, los desencuentros y los conflictos entre nosotras; el racismo, la falta de empleo, de vivienda y la precariedad que no contamos a nuestras familias y organizaciones de origen para no preocuparlas; los desafíos para mantener nuestras raíces y, a la vez, entender los códigos, la cultura y las lenguas de los lugares a donde nos fuimos”.
Las defensoras de derechos humanos mesoamericanas reconocen lo siguiente:
Uno de los principales llamados del documento es a comprender que las amenazas contra las defensoras no se circunscriben al territorio donde comenzaron. Sus consecuencias pueden alcanzar a sus familias, comunidades y organizaciones, incluso después de que ellas se establezcan en otro país.
“Sabemos que la violencia y la represión son realidades transnacionales”, advierten las participantes.
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El llamado reúne a defensoras de distintos países y trayectorias, cuyas luchas no desaparecen con la migración. Muchas han creado o se han incorporado a colectividades en España desde las que continúan denunciando injusticias y mantienen la conexión con sus territorios.
“Hemos echado raíces que se mantienen conectadas con nuestros lugares de origen”, señalan. Desde esas redes, explican, siguen resistiendo y compartiendo los conocimientos construidos en sus comunidades, organizaciones y movimientos.
