“Él me pasaba tocando el trasero”. “Cuando yo le reclamaba se ponía a reír”. “Con sus manos me pasaba tocando y sino con todo el cuerpo”. “Decía que la mujer era cualquier cosa para un hombre”. Son algunas de las frases que, en dos meses como guarda de seguridad, escuchó de parte de un compañero de labores una joven de 27 años a quien llamaremos “Esperanza”.

Todo ese acoso que vivió, Esperanza lo calló por un tiempo. Cuando decidió exponer la situación a su supervisor no encontró el apoyo que buscaba. Además se enteró que su compañero la estaba mal informando.

“Se puso a reír y en ese momento no me prestó interés, sino que cuando yo le dije las cosas, me dijo que la mujer para eso era, para que el hombre la enamorara”, recuerda.

Entre abril y junio de 2020, esta joven de 27 años viajaba frecuentemente cinco kilómetros, desde la comarca Las Cruces número dos al centro de Estelí, a su centro de trabajo, donde se desempeñaba como guarda de seguridad en una empresa privada.

Además: PodCast | Estado de la Ley 779: Violencia contra las mujeres

Ahí entabló rápidamente una amistad con otro guarda de seguridad, un hombre joven con el que platicaba largas horas, pues siempre coincidían en el turno. Un día la situación dio un giro inesperado.

“Primero me hacía insinuaciones de invitaciones para salir con él, y yo siempre le dije que no. Después, como yo no le aceptaba las invitaciones a salir, como que la amistad que quería hacer ya no, sino que era diferente, más serio, más enojado, y por la presión del trabajo que había, como que él se portaba más estricto conmigo”, señala la joven.

El tocamiento

Ese hombre a cualquier hora le escribía a Esperanza mensajes por Whatsapp. “Había veces que me mandaba mensajes por Whatsapp y me enamoraba, me hacía invitaciones, me hacía muchas preguntas personales y me decía que le regalara fotos, que le mandara fotos, pero nunca le mandé”, manifiesta.

Conforme los días fueron pasando, ese hombre pasó de las invitaciones constantes e insistentes proposiciones a los tocamientos, es decir al contacto físico en el lugar de trabajo.

“Él me pasaba tocando el trasero, y cuando yo le reclamaba se ponía a reír y decía que él no hacía nada, que eran mentiras lo que yo decía (…) Me pasaba tocando y sino con todo el cuerpo de él, me pasaba rozando, cuando yo le reclamaba decía que él no tenía culpa y que no era cierto, que no lo había hecho y me contestaba, fueron mis manos, no fui yo, eran las respuestas que él me daba”, recuerda.

Según Esperanza, llegó un momento en que sintió que su compañero de trabajo la “odiaba”, porque no aceptó sus invitaciones y tampoco ninguna de sus otras propuestas.

Esperanza define ese comportamiento como “actitudes machistas”. “Él decía que nosotras las mujeres no significábamos nada para un hombre. Éramos dos mujeres las que nos manteníamos con él, y se ponía a platicar con la otra mujer para que yo escuchara los comentarios que él hacía, y decía que la mujer era cualquier cosa para un hombre, él decía unas palabras bien vulgares”, señala Esperanza.

Este hombre, empezó a mal informarla con su supervisor, pero aprovechando sus influencias dentro de las oficinas de la empresa, logró que la despidieran al poco tiempo.

“Una como mujer se siente que no es respetada, que lo ven como un objeto para una persona, que tal vez aquel hombre, por sus deseos carnales no la respeta ni le da ningún valor a uno como mujer, sino que simplemente abusan de nosotras, igual sin permiso”, se queja Esperanza.

violencia

Situaciones frecuentes

El acoso sexual laboral que vivió Esperanza es una situación recurrente en diferentes empresas y se da en un contexto de violencia contra las mujeres, afirmó Belky Reyes Ríos, representante de la Red de Mujeres del Norte en Estelí.

“Por ejemplo, en las tabacaleras se vive mucho eso, es algo que comentan, y por conservar su trabajo lo que hacen es callarse porque tienen miedo que las corran, sus jefes inmediatos o responsables de cada área lo que hacen es acosarlas”, menciona Ríos.

La socióloga y feminista Maryce Mejía, enlace nacional de la Red de Mujeres contra la Violencia, explica que el acoso sexual laboral es parte del cumulo de violencia que viven las mujeres que se aprovechan de su “poder de hombre” y su “poder económico”.

“La mayoría son mujeres subordinadas y viven ese tipo de violencia que no está visibilizado, porque hay una relación económica fuerte, hay un abuso de poder partiendo de lo económico donde las mujeres por necesidad se quedan en los trabajos”, manifestó Hernández.

Aprender a identificar

En ocasiones, las víctimas no logran identificar el acoso como una expresión de violencia, otras en cambio, sienten que si denuncian al acosador tienen muy pocas probabilidades de que les crean o las escuchen, señala Ruth Marina Matamoros, psicóloga del Grupo de Mujeres Venancia en Matagalpa.

También: Mujeres temen incremento de femicidios por “impunidad estatal”

Matamoros también coincide que a las mujeres víctimas de acoso les invade el temor de un despido.

“No lo reportan realmente, con la situación económica y las dificultades que existen para encontrar un trabajo donde te paguen, es difícil que las mujeres hablen sobre las situaciones que pasan”, afirma.

El acosador sexual actúa coordinadamente, se acerca lentamente a su víctima. Es raro que haga las cosas de una sola vez y el peligro es que la víctima sea violada.

«Escogen a las víctimas, la identifican de acuerdo al grado de vulnerabilidad que puedan tener, puede ser que vayan avanzando hasta ser capaces de amenazar, tocar o violar», agrega Matamoros.

Según Reyes Ríos a pesar que este tipo de fenómenos suele ser “cotidiano” los hombres han normalizado la situación, porque suelen asociarlo a una acción de “enamorar” y no lo nombran como “acoso”.

Por otro lado, la culpa suele recaer sobre la mujer como ocurrió en el caso de Esperanza.

“Si se da en centro de trabajo te chantajean, porque si hablas puede pasar algo, es una manipulación”, señala.

Las mujeres usualmente están sometidas a una presión que puede conllevarlas a problemas sicológicos, porque por un lado no quieren exponerse a perder su trabajo y por otro lado, saben que deben cumplir bien con sus asignaciones, pero se sienten “acorraladas” porque no pueden hablar, denuncia Reyes Ríos.

“Eso obviamente les afecta y sufren trastornos de sueño, es frecuente estar nerviosa porque las hacen sentir culpables”, agrega.

Ley no se cumple

El artículo 18 de la Ley integral contra la violencia hacia las mujeres (Ley 779) establece que toda autoridad jerárquica en centros de empleo, de educación o de cualquier otra índole está obligado a denunciar cuando tenga conocimiento de hechos de acoso sexual realizados por personas que estén bajo su responsabilidad, pero en la realidad es algo que no ocurre dado que este “tema del acoso no está visibilizado”.

Puedes leer: Violencia digital: Y de repente me vi desnuda en redes sociales

“Puede recibirse la denuncia, pero es difícil por la falta de sensibilización del personal que atiende las comisarías, y a veces piensan que las mujeres adultas se pueden defender solas y tenés que llegar moreteada para que te atiendan”, denunció Matamoros.

Firme en sus convicciones, «Esperanza» sigue creyendo que si tocan su cuerpo sin su consentimiento es un “abuso”. “Nosotras tenemos derechos y debemos ser respetadas”, dice esta joven que por ahora quedó en el desempleo, pero supo frenar el acoso del que era víctima.

+ posts

La Lupa es un medio con perspectiva de género y derechos humanos que surgió en mayo de 2019.