Los otros “Julio Iglesias”: nueve de cada diez trabajadoras del hogar han vivido acoso sexual


De cada 10 mujeres trabajadoras del hogar, 9 señalan que en algún momento de su vida laboral han vivido acoso sexual. Solo una de ellas abandonó el trabajo como medida de protección.
Los datos los ha recogido el Servicio Doméstico Activo (Sedoac), organización que durante 21 años ha acompañado a unas 300 mujeres y 10 hombres en la Comunidad de Madrid que se desempeñan en el trabajo del hogar y los cuidados.
A los abusos laborales, económicos, administrativos y sociales se suma la violencia sexual. La Lupa Feminista conversa con la vocera de Sedoac, la paraguaya Edith Espinola, administrativa de empresas de formación, activista y actual directora del Centro de Empoderamiento de Trabajadoras del Hogar y Cuidados.
Espinola vive en España desde hace 17 años. Cuando llegó a Madrid trabajó como empleada del hogar durante siete años. Sus vivencias y las experiencias de las mujeres que han pasado por Sedoac dan voz a realidades que atraviesan la vida, los cuerpos y las historias de mujeres migrantes que sostienen este sector en España.
No es que no se hable, sino que no está visibilizado por todo el temor que existe a denunciar el acoso y el abuso sexual. Eso ocurre a nivel general, porque es muy difícil señalar: casi siempre la víctima es la que carga con el peso y no el agresor.
Hay una relación de poder absolutamente desigual. Es un sector laboral donde siempre estás sola y, ante un acoso o abuso, tienes que tener pruebas, porque si no, nadie te cree. Y por más que las tengas, muchas veces tampoco te creen.
Por eso es más fácil tener espacios seguros donde, al menos, el 90% de las mujeres que han trabajado en el sector señalan que en algún momento vivieron algún tipo de acoso o abuso sexual. Son pocas —por suerte y espero que siga así— las que señalan una violación sexual, pero sí hay abuso sexual en distintas formas durante el desempeño del trabajo en domicilios privados.
De unas 20 mujeres que dicen que las han tocado, que han intentado coaccionarlas a tener relaciones sexuales o que directamente les dicen “te pago y tienes que hacer esto”, solo una abandona el trabajo o denuncia ante su empleadora el acoso que está sufriendo.
Pero presentar una denuncia formal ante las fuerzas de seguridad o iniciar una demanda judicial, no tenemos ningún caso de una compañera que lo haya hecho.
Generalmente lo cuentan cuando ya pasó y han buscado otro mecanismo de protección. En la mayoría de los casos abandonan esos puestos de trabajo y se van con esa carga, sin la justicia que se merecen.
En todos los casos que tenemos, los abusadores son hombres.
Yo siempre soy partidaria de decir que la educación es la base de la transformación y la información es una herramienta de poder. Te invita y te exige comprender cuáles son tus derechos y cuáles son los límites que debes establecer.
Pasa lo mismo con el racismo. Hay gente que dice “yo nunca he sufrido racismo”, pero no conocen ni perciben cuáles son los microrracismos o las agresiones que han sufrido a lo largo de su vida. Cuando lo explicas, dicen: “Ah, pero eso a mí también me ha pasado”.
Eso mismo ocurre con la violencia y el acoso en el trabajo. Hay muchísimas mujeres, sobre todo extranjeras que llegamos a este trabajo, que desconocemos cuáles son nuestros derechos. Y uno de ellos es saber cuáles son los límites, cuáles son los grandes “no” que tienes que poner a la hora de trabajar: qué es lo que tu empleador no puede hacer contigo y qué es lo que tú no puedes permitir.
Lamentablemente estamos construidas desde una base patriarcal para el uso y disfrute de la mujer. No nosotras disfrutando, sino ellos disfrutando de nosotras.
No tenemos claridad en esa base educativa sobre los derechos y los límites de nuestro cuerpo y nuestras decisiones. Por eso, cuando empezamos a hablar de qué es violencia y qué es acoso, recién reaccionan. En un espacio seguro empiezan a contar: “Mi empleador, cuando yo lo bañaba, me tocaba los pechos”; o “al pasar me daba una caricia en los glúteos”. Y eso es acoso y abuso sexual.
Es como retroceder en la rueda del tiempo para ver cuál fue mi actuar en ese momento y determinar que sí, que fui víctima de violencia o acoso sexual en mi sector laboral.
Desde el momento en que te sientes agredida y sabes que ese es tu puesto de trabajo, tu domicilio y el lugar que te da de comer.
Muchas veces hay gente que depende de ti en tu país o estás cumpliendo el tiempo para presentar tu documentación y regularizarte. Hay muchísimos limitantes a la hora de denunciar.
Por eso la herramienta que generalmente utilizan —aunque no sea lo recomendable— es abandonar ese lugar de trabajo.
Se van sin recibir la justicia ni la reparación que merecen. Es muy difícil. Nosotras validamos que cada mujer tenga sus herramientas para mejorar y protegerse, pero tampoco es justo que siempre tenga que demostrar que es resiliente, que es fuerte y que va a salir adelante sola, cuando también debería recibir protección, ayuda y seguridad.
Reclamamos que una trabajadora interna que se queda sin vivienda pueda acceder a un albergue o a un centro especializado para trabajadoras del hogar, donde se cubra esa necesidad urgente de tener un domicilio y pueda señalar directamente al empleador o empleadora que ha abusado de ella.
Mientras no exista esa protección real, es muy difícil que una víctima dé el paso de hacer una denuncia efectiva.
Es muy brutal, por eso a veces decimos algo que molesta: ¿dónde están las feministas con nosotras? No es solamente salir a marchar.
Estamos cansadas de que muchas veces seamos nosotras quienes hagamos campañas de sensibilización. Y el resto, ¿qué? ¿Por qué no te revisas y ves que yo tengo un contrato de 40 horas firmado contigo —y digo contigo porque las dos somos mujeres— y me haces trabajar 70?
¿Por qué tiene que dormir en mi casa? ¿Por qué no buscamos entre todas un sistema de viviendas para que las trabajadoras vivan en libertad, sin estar sometidas a mis horas y mis reglas? Son muchas cosas.
¿Por qué le compro comida aparte y no puede comer mi comida? ¿Por qué me quejo si me dice que está enferma y tiene que ir al médico? ¿Por qué tiene que pedirme permiso en sus dos horas de descanso para ir a sentarse a la plaza?
Son cosas muy pequeñas, pero que realmente te menoscaban como persona. Porque cuando yo trabajo en una oficina no estoy pidiendo permiso para irme a comer. Me levanto y me voy.
Aquí no tenemos días de asuntos propios. Hay tantísimas cosas que desde el feminismo y desde la protección contra el abuso se podrían hacer como empleadora y no se hacen.
Hay más denuncias gracias a la sensibilización del trabajo feminista. Hay que reconocer que las mujeres nos hemos animado más a denunciar y a apoyar a quienes se animan a hacerlo.
Es como un resurgimiento de la memoria colectiva que dice: esto siempre ha pasado, pero antes no se contaba. Ahora se cuenta más porque nos sentimos un poco más respaldadas por las compañeras.
Para nosotras este proceso es un abrazamiento. Es escuchar a la compañera desde lo que quiera contar y en el momento en que quiera hacerlo. Es decirle: aquí tienes un espacio seguro.
Cuando se siente preparada, si quiere, podemos hacer la denuncia. Pero muchas veces no quieren hacerlo porque ya es tarde, se han borrado pruebas, chats, audios. Solo queda su palabra y es muy difícil enfrentarse al agresor.
Entonces trabajamos desde el apoyo y la recuperación personal. Creemos que denunciar es una herramienta válida, pero también respetamos cuando deciden no hacerlo.
Al final, tenemos que construir protección en red entre mujeres, porque si no, nos van a seguir pisoteando y abusando.
Periodista Feminista
Fundadora y directora de www.lalupa.press
Fundadora y presidenta del Movimiento de Mujeres Migrantes (España)
Fundadora y activista en @elblogdetumadre
