Nicaragua es un país de duelos no sanados, donde las personas no han podido trabajar su historia de vida y han arrastrado consigo los traumas generacionales y colectivos, indica la psicológica social, Martha Cabrera. Explica que, debido a esto muchas personas lidian con la depresión, las adicciones y la desconexión con la vida que ha terminado en suicidio.

Desde 2014 las cifras de suicidios en Nicaragua van en aumento, pero la crisis sociopolítica iniciada en 2018 aunado a la pandemia de COVID-19 ha agudizado las afectaciones a la salud mental de la ciudadanía. Tanto así, que el año pasado, según el Anuario Estadístico de la Policía orteguista se registraron 344 casos de suicidios. Aunque, los números podrían ser mayores según la Colectiva Sanar Nicaragua, ya que no hay claridad ni transparencia de cómo se obtienen estas cifras.

“El suicidio es el grito de lo que duele vivir. Como la gente se calla y se guarda todo, el suicidio es ese grito que no pueden expresar. Esto tiene raíz en varios factores y hay que mirar todo el panorama completo para entenderlo. No hay que adjudicarlo a una sola causa”, expresa Cabrera.

A nivel regional, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en su tercer informe sobre la mortalidad por suicidio, estima que el 79 % de los suicidios en las Américas son cometidos por hombres y representa la tercera causa de muerte entre las personas de 20 y 24 años de edad.

La Organización Mundial de la Salud en su informe Suicidio en Todo el Mundo, expone que más de 700,000 personas se suicidaron en 2019, es decir, 1 de cada 100 muertes en el mundo es debido a esta causa. Y mientras que las tasas de suicidio en el globo disminuyeron entre los años entre 2000 y 2019 en un 36%, en la región de las Américas, las tasas se incrementaron en un 17%.

Según la organización “el suicidio es un problema de salud pública importante, pero a menudo descuidado, rodeado de estigmas, mitos y tabúes” y son prevenibles con intervenciones oportunas, basadas en la evidencia y a menudo de bajo costo.

Nicaragua: un país herido

Cabrera adjudica las causas del suicidio a una serie de factores sin atender y lo analiza desde una perspectiva histórica que, involucra tanto la historia del país, la historia familiar y la historia personal.

“El escritor William Ospina decía que América Latina tiene tres heridas: la colonia por el genocidio, la independencia por las guerras civiles que vinieron después, y el desarrollo que nos coloca como un país pobre. Yo creo que los duelos de este país vienen desde ahí, y son duelos que no hemos sanado, solo lo hemos callado. Somos un país herido”, manifiesta.

Luego de las tres heridas viene otro hecho histórico que no se sanó y todavía tiene efectos: la guerra. La psicóloga explica que a diferencia de otros países de la región donde también hubo guerra, en Nicaragua nunca se trabajó la memoria ni hubo una Comisión de la Verdad. Esto hizo que las personas no atendieran sus traumas colectivos, lo que tuvo daño en el tejido social.

“Nicaragua es un país sin memoria. Después de la guerra la gente se puso a trabajar y pretendió que la guerra nunca existió. Desde ahí aprendimos que los traumas no se trabajan, solo se guardan”, explica. Esto lleva a los traumas generacionales, pues las personas crecen con padres y madres traumatizados, y con una historia familiar sin sanar.

Lo mismo ocurre con la violencia y el abuso sexual, que lo ha vivido la mayoría de la población nicaragüense, pero no son trabajados por el tabú que existe alrededor de esos temas. Otra de las causas la adjudica al modelo económico capitalista, pues, este modo de producción hace que las personas no tengan un sentido de pertenencia a la vida y a menudo está relacionado por traumas que dejó la pobreza y las diferentes necesidades económicas.

La crisis sociopolítica: otro detonante

El psicólogo forense, Marvin Mayorga, indica que la crisis sociopolítica duplicó la ideación suicida o pensamiento suicida en todas las personas del país, y empeoró la situación de la salud mental. Algunas de las personas más afectadas fueron quienes ya tenían una historia de violencia sin trabajar y quienes tenían conductas suicidas sin atender.

Mientras aquellos que no habían tenido antecedentes traumáticos en su niñez, lo desarrollaron con la crisis, ya que se sienten constantemente perseguidos y no ven un futuro esperanzador. Asimismo, la ideación de suicida se profundizó con la inestabilidad laboral y económica que surgió en 2018.

La falta de herramientas piscológicas necesarias para autogestionarse que se desarrollan cuando se trabajan los traumas, según la psicóloga Winy Martínez hace que las personas vean el suicidio como la única opción.

“Estamos viviendo una situación donde prácticamente los derechos humanos no existen. Las personas al no tener acceso a muchos de sus derechos, se sienten agredidas y violentadas psicológica y emocionalmente todos los días”, expone Martínez.

Pandemia: un factor estresante

El psicólogo forense añade que la pandemia fue «un estresor de la conducta», ya que las personas al estar obligatoriamente encerradas en sus casas profundizó las formas de violencia, especialmente contra las mujeres, y hubo crisis entre las personas jóvenes y sus padres y madres.

“Si con la crisis teníamos un estresor de conducta muy elevado, con la pandemia se vino a duplicar lo que ya estaba duplicado. La pandemia no solo afectó la salud, sino que muchas personas también se quedaron en el desempleo. Se quedaron sin trabajo, sin dinero, sin qué comer y la violencia se exacerba mucho más y las condiciones para la ideación suicida se aceleran”, manifiesta.

La OMS también declaró que la pandemia tiene un gran impacto en la salud mental de las personas, ya que las personas están experimentando pérdidas de seres queridos, sufrimiento y estrés, y posiblemente ha hecho que más personas tengan depresión.

Salud mental no es una prioridad

La salud mental solo es mencionada como un apéndice de tres párrafos en el Plan Plurianual de salud 2015-2021 del MINSA, donde no manifiesta nada en concreto sobre cómo se pretende atender y mejorar la situación de la salud mental en el país, y se menciona brevemente en la Atención Integral a las Adicciones. Tampoco establece un plan de prevención del suicidio o una línea de ayuda de emergencia para que las personas puedan acudir.

Clavel, una psicóloga e integrante de la Colectiva Sanar Nicaragua, que solicitó el anonimato, expresa que una de las observaciones que ha tenido acompañando psicológicamente es que la mayoría padecen de ansiedad, trastornos del sueño como terrores nocturnos o pesadillas, pensamientos de desesperanza, sistemas de alerta activados en el cuerpo y experiencias de trauma.

Debido a todo esto, explica que Nicaragua vive una coyuntura muy adversa que dificulta que las personas puedan sanar sus traumas y problemas, ya que tampoco hay espacios de autocontención, y el único centro de salud mental en el país no da abasto por la cantidad de pacientes que tiene.

“La salud mental está pasando por mucha dificultad en el país. El hospital psicosocial es la referencia en el Pacífico y Centro del país y no tienen capacidad de contención por la demanda”, señala.

La última vez que el Ministerio de Salud expuso cuánto se invirtió en el Hospital Psicosocial José Dolores Fletes fue en 2019, y en 2015 reveló que el presupuesto equivalía al 0.8% del presupuesto anual de salud.

Urge un plan de prevención

“La ley general de la Salud establece que el Ministerio de Salud es el ente regulador y el responsable de la salud del país, porque es un derecho constitucional y humano y debe ser puesto como una prioridad, al igual que la salud mental”, expresa Mayorga.

Según el psicólogo, el Ministerio de Salud está obligado a implementar un plan de atención y prevención del suicidio ante las alarmantes cifras, pero afirma que el Estado no tiene ningún interés de hacerlo.

El plan de prevención del suicidio debería estar adscrito al Programa Nacional de Salud, lo que incluiría charlas en las escuelas, en las universidades públicas, piezas comunicacionales en la televisión y en la radio, donde el objetivo sea cambiar conocimiento, actitudes y prácticas, así como brindar una línea de atención para que las personas que tienen ideas suicidas puedan acudir a pedir ayuda. El plan también tendría que dar a seguimiento a las familias de las personas que cometieron suicidio ya que ellos y ellas quedan en un duelo complejo.

La detección temprana

Las psicólogas explican que las personas con ideación suicida muestran una serie de señales que pueden ser identificables y que es importante detectarlas para poder dar acompañamiento inmediato. Entre las señales están las frases explícitamente suicidas como “ya no quiero vivir”, o que atenten contra la integridad de las personas como “no sirvo para nada”.

También pueden ser cambios de humor repentino, constante desánimo, aislamiento, patrones irregulares de sueño, que se deshaga de pertenencias que aprecia, adicciones o agresiones contra su cuerpo como la automutilación.

Mayorga indica que lo mejor que una persona puede hacer para ayudar a alguien con depresión o que tiene ideas suicidas, es decirle que no se encuentra solo, ni sola, ya que, si se sienten así, es más fácil que cometan el acto.

Por su parte, la Colectiva Sanar Nicaragua recomienda tejer vínculos seguros y redes de apoyo, leer la serie de cuadernillos que han producido para poner en práctica durante las crisis emocionales y siempre pedir ayuda cuando se necesita, dejando a disposición los números de emergencias que ofrecen.

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La Lupa es un medio con perspectiva de género y derechos humanos que surgió en mayo de 2019.