Ha pasado año y medio desde la insurrección cívica liderada por estudiantes y campesinos, quienes le dieron un ultimátum al régimen orteguista para dejar el poder e instaurar una verdadera democracia en el país. Sin embargo, la espera de ver una Nicaragua libre camina a pasos lentos.

Es ineludible que el exiliado común, el que no goza de comodidades y ha salido del país con los pocos centavos que le quedaron, mire con desesperanza el retorno a su tierra, mientras duerme en un colchón regalado, en el parque La Merced en San José, Costa Rica.

¿Cómo le podemos decir a esa persona que a duras penas puede comer una o dos veces al día, que el regreso a su casa en Nicaragua parece más lejano que pronto?

¿Cómo podemos decirle al maestro, doctor o periodista en el exilio que regresar a su país natal para ejercer su profesión no podrá ser por el momento, y deberá seguir limpiando baños, cuidando niños o ancianos, sirviendo en bares en un país ajeno al suyo para sobrevivir?

No nos queda otra opción que seguir en pie de lucha, creer en una oposición que brinda unas elecciones como la única salida del orteguismo, sin presentar garantías de que esas reformas serán aceptadas y esas elecciones serán realmente transparentes y se cuidará el voto del pueblo.

Nos queda depositar la confianza en una Alianza Cívica que grita en sus comunicados representar los interés del pueblo, pero que últimamente ha extraviado en su discurso la palabra Justicia, reemplazada por elecciones y unidad.

«Unidad», todos abogamos por la unidad, porque es necesaria e indispensable para derrocar a Ortega, pero en la unidad debe prevalecer la inclusión de todos los sectores que siempre han sido parte de esta lucha cívica, escuchar las demandas populares, pero también exigir transparencia y democracia en la toma de decisiones.

El pueblo nicaragüense debe estar más unido que nunca. El país necesita hijos que la defiendan de la tiranía y de personas que se aprovechan de la voluntad popular con fines políticos.

Nicaragua necesita unidad en contra del régimen orteguista, pero también en contra de personas que ayudan a mantenerla con vida. No debemos depositar la libertad de un pueblo en manos de personas que luchan por un objetivo diferente a lo que se busca: Libertad, pero ante todo Justicia por la masacre sistemática que ha cometido la dictadura. Los crímenes de Ortega no deben quedar en la impunidad.

Dejemos de endiosar a las personas, véanlas como seres mortales, con virtudes y defectos, esto será un gran paso para dejar de formar caudillos, porque solo así miraremos con claridad quiénes realmente están del lado del pueblo y quiénes permanecen de nuestra cerca por intereses propios.

La rebeldía del pueblo no debe ser secuestrada bajo influencias de sectores con poder económico. La insurrección nace de los sectores populares y debe permanecer en ella siempre para que no se pierda la esperanza que algún día Nicaragua estará libre de cualquier tipo de tiranía.

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