No podía dejar de tener una sonrisa. La misma sonrisa cómplice que se notaba en la cara de todas las personas en las calles. La primera reacción que tuve al conocer sobre la muerte del dictador Daniel Ortega, sin duda alguna, fue de satisfacción. Alegría, da lo mismo. Pero también tenía indignación, enojo, rabia de ver cómo pocos, poquísimos, lloraban la muerte de este criminal en Nicaragua.

Sus fanáticos lo lloraron. Se les había ido su “gallo ennavajado”. Pero de norte a sur, de este a oeste, la mayoría celebraba en las calles, el olor a pólvora provocado por los fuegos artificiales se esparcía en el ambiente. El cielo estaba iluminado. Habían abrazos, había libertad. El punto de reunión para celebrar fue la rotonda Jean Paul Genie. Pero en toda la carretera a Masaya no cabía ni un alfiler.

Hubo grandes caravanas por todo Managua. Pero más grandes se veían, ondeando en lo alto, las banderas azul y blanco de Nicaragua. Recuerdo que las canciones que surgieron después de la insurrección cívica del 18 de abril de 2018, sonaban tan fuertes que se erizaban los pelos de los brazos. Esta vez en las radios no solo se escuchó un: “Aquí Nicaragua Libre”. Sino también un: “Vivan los Héroes de Abril”.

Pero, muy dentro de mí, reflexioné si había realmente motivos para celebrar. Porque al morir Daniel Ortega, un genocida miserable, un infeliz criminal de lesa humanidad, un maldito dictador, los familiares de las víctimas de su asquienta dictadura no conocerían el rostro de la justicia. Porque al morir, la historia perdió, una vez más, la oportunidad de condenar en vida a un dictador como lo que realmente es: un delincuente de la peor calaña.

Los próximos tres días tras la muerte de Ortega pocos durmieron. Todo era algarabía, de la buena. En las iglesias católicas las personas más adultas agradecían a Dios y rezaban para que los cómplices del régimen no tuvieran ni una pizca de impunidad en el gobierno venidero. En esos primeros días, en las redes sociales se especuló que varios diputados y diputadas sandinistas salieron del país. Yo estaba en Monimbó, Masaya. También celebrando. 

En esas primeras 72 horas circularon hasta fotos de Walmaro Gutiérrez, Wilfredo Navarro y Jacinto Suárez, con maletas en mano, en el Aeropuerto Augusto C. Sandino. Días después los medios independendientes lo confirmaron: 27 de los 71 diputados del Frente Sandinista en la Asamblea Nacional huyeron de Nicaragua. Habían abandonado el barco. Un barco que ya tenía meses hundido. Quizás esta fue una de las últimas estocadas para la muerte también del Frente Sandinista.

Poco se conocía del porqué había fallecido el dictador. Pero a nadie le importaba saberlo, lo bueno era que ya no seguiría destruyendo a Nicaragua. Hundiendo al país, tal y como bien lo han hecho y saben hacer los regímenes socialistas de América Latina. Logré ver en una transmisión en vivo de Facebook cómo enterraban a Ortega en Chontales, lugar donde nació.  Ahí estaban unos fanáticos llorando. Mientras que Rosario Murillo se miraba más decrépita.

¿Por qué lloran por un asesino?, me pregunté. Mi subconsciente me dio la respuesta: Porque las dictaduras no sólo asesinan, desaparecen y torturan, sino que se sostienen durante años gracias al engaño, la estafa y la compra de los más débiles, los más pobres y los más ignorantes, a quienes les hacen creer que la “revolución” por la que supuestamente lucharon es para ellos. Una falsedad. Así pasó en Venezuela y también en Nicaragua.

También las dictaduras se sustentan en aquellas personas que consideran que el fin justifica los medios. Y es que para algunos, Daniel Ortega salvó económicamente a Nicaragua, tras el llamado período “neoliberal”, y la llevó por la buena senda financiera debido a la cooperación venezolana. Pero esta “cooperación” sirvió para financiar negocios privados de la familia Ortega-Murillo y sus allegados. Todo esto está registrado.

Hoy, siento que debe entenderse muy bien que la palabra dictadura, independientemente si es de derecha o de izquierda, está maldita. Un dictador no sólo viola a una persona y en un aspecto, como el violador que atenta contra las libertades sexuales, sino que abusa de toda una nación, de todo lo concebido como territorio y como soberanía. Y cuantas veces quiere. Y mata, y tortura, y desaparece personas, y roba para enriquecerse.

Ese mismo dictador le dice a usted y a mí cómo pensar, y qué decir y qué hacer. Y si no le gusta lo que pensamos, decimos o hacemos, atentamos contra su llamada “revolución”. Y simplemente, por eso, nos mata y nos persigue y nos tortura, y luego lo hace con nuestras familias y nuestros amigos. Te roba si es posible hasta el último respiro, como a un joven mártir que hoy recordamos con tanto amor: Alvarito Conrado.

En aquella Nicaragua, quienes lloraron a moco tendido a Ortega, seguramente, no tuvieron ocasión de llorar por ninguna de las más de 325 personas que murieron defendiendo la patria. En el pensamiento de estos fanáticos sandinistas los “Escuadrones de la Muerte” que recorrieron el país entero para aniquilar a los opositores azul y blanco, fue sólo el costo político que debían pagar. Grave error.

Lo cierto es que Ortega no pasó ni pasará nunca a ser recordado como un prócer, como un héroe, como un mártir. Al contrario de aquellas personas que en el tranque, en la barricada, en la calle, y hasta en la cárcel, como don Eddy Montes, entregaron su vida por la libertad. Ortega solo fue parte de una etapa oscura para Nicaragua. Ortega solo es un vil cobarde, que mandó a atacar con armas a quienes se defendían con piedras y morteros.

Fue realmente lamentable que el Ejército de Nicaragua le rindiera honores. Pero no se podía esperar menos. Ortega permitió que el Instituto de Previsión Social Militar (IPSM), el fondo público de inversiones de esta institución, se convirtiera en uno de los grupos inversionistas con mayor rentabilidad en el país. Para ocultar las grandes sumas de dinero manejadas, sus inversiones fueron administradas en sigilo, al margen del escrutinio público.

El Ejército tampoco se atrevió a levantar una mano para decirle a Ortega que detuviera la masacre contra el pueblo. Incluso, antes de la muerte del dictador, ya había reportes de organismos internacionales de derechos humanos en donde se evidenciaba la participación castrense en la represión durante la llamada “Operación Limpieza”. Los altos cargos del Ejército fueron cómplices y deben pagar por ello.

En la América Latina actual están surgiendo candidatos políticos que huelen a futuros dictadores. Huelen a sangre y plomo. Hay que bloquearlos. También, es hora que los organismos internacionales y Estados democráticos sancionen y condenen, de verdad y enérgicamente, a los regímenes dictatoriales. Los que hay y los venideros. En Nicaragua fuimos miles los que sufrimos mientras las organizaciones internacionales preparaban el siguiente comunicado con amenazas de sanciones.

En esta Nicaragua “Post-Ortega” lucharemos para que nadie pretenda llegar, tomar y quedarse en el poder por la fuerza. Por las armas. No más sandinismo, orteguismo, somocismo, zancudismo, oportunismo, ni asolapados lobos demócratas vestido de ovejas. Tengamos claro que esto no es un asunto particular, concerniente solo al país que lo sufre. La democracia, la libertad y la vida, corresponde a todas las y los ciudadanos del mundo. No más Daniel Ortega. Y que en paz no descanse.

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La Lupa es un medio con perspectiva de género y derechos humanos que surgió en mayo de 2019.