La periodista Vania Pigeonutt nunca imaginó que fuera a ser capaz de dejar todo lo que construyó en Guerrero, un estado ubicado en la costa oeste de México, hasta que el peso de cubrir la violencia ligada al crimen organizado, especializarse en estos temas y recibir amenazas, y enfrentarse a contextos muy machistas y masculinizados le cayó encima. Ahora vive en el exilio.

Se especializó en el crimen organizado desde que inició su carrera periodística, hace más de diez años, y mientras trabajaba en Guerrero nunca dimensionó los peligros a los que estaba expuesta. Fue la primera mujer que se adentró sola en los campos de amapola o adormidera, la materia prima de la heroína y otros opiáceos, para realizar reportajes e investigó las dinámicas criminales desde una dimensión local.

«Siempre navegué en la dificultad hasta que me quebré. Cuando me quebré, descubrí que todo esto sí era relevante […]. Afortunadamente, o desafortunadamente, no me di cuenta. No lo sé. Digo afortunadamente porque si no me hubiera ido del periodismo», relata a EFE desde Alemania, adonde llegó gracias al programa de acogida de Reporteros Sin Fronteras.

Ahora está poniendo en marcha «una laboratoria de autocuidados psicológicos y emocionales», con el objetivo de ayudar a más colegas a manejar y contener los embates de la profesión. «Hay periodistas que se han suicidado porque no han logrado salir de este bucle y tampoco tenemos suficiente tiempo, en esta vida como periodistas, para descubrir qué hay detrás de lo que nos pasa», reflexiona.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa, que se celebra el 3 de mayo, Pigeonutt habla con EFE sobre cómo se sobrevive en medio de la violencia y de la precarización en uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, donde al menos 141 periodistas han sido asesinados en lo que llevamos de siglo XXI, según Amnistía Internacional.

La historia de Vania Pigeonutt

Cuénteme su historia, ¿por qué tuvo que irse de México?

Yo empecé a cubrir los efectos del crimen organizado al nivel más local en Chilpancingo, Guerrero, un estado al sur de México que es conocido por la desaparición de 43 estudiantes de magisterio, el caso Ayotzinapa, en 2014, caso que he cubierto desde que ocurrió. Mi perfil está enfocado a los derechos humanos. He cubierto bastantes casos relacionados con la historia contemporánea del crimen organizado, de las desapariciones forzadas, del desplazamiento forzado interno y también la crisis feminicida que se acentuó en México.

Durante muchos años trabajé para medios como El Universal, uno de los más importantes de prensa escrita en México, y durante la mitad de mi carrera periodística empecé a ser fixer, que es esta figura del periodista que guía principalmente a colegas extranjeros para que desarrollen sus historias, que generalmente conocían porque yo las publicaba antes.

También fui cofundadora de proyectos contra narrativos, es decir, que el enfoque criminal no se centre en una pelea de grupos delictivos, sino hablar de una estructura más compleja que aborda intersecciones como la pobreza estructural, y he trabajado en muchas zonas indígenas.

En 2017 asesinan a un compañero muy cercano, Cecilio Pineda, lo que me hace replantearme otros proyectos. Con unas compañeras creamos un proyecto feminista sobre libertad de expresión llamado mataranadie.com, porque matar a un periodista es como matar a nadie en un país de tanta corrupción e impunidad, y cofundamos la red Compañeras en guardia, que reunía a compañeras basadas en los estados, fuera de la Ciudad de México.

Ya en 2021, siendo fixer, mientras hacía una investigación sobre extorsiones recibí amenazas, directas e indirectas. Mataron a fuentes de trabajo. Aquel año fue el que mejor me fue económicamente, pero en simultáneo yo estaba en un breakdown, completamente deprimida, replanteándome todo a los que le había apostado.

[Me cayó] todo el peso que implica la colectividad, traté de seguir publicando y viviendo de lo que escribía, pero ya como muy perdida, no perdida desde el conocimiento adquirido y el vivencial, sino que ese año tuve una parálisis personal.

Dejarlo todo

Ahí es cuando decide irse…

Siendo fixer una colega alemana me comentó sobre las becas de refugio y descanso de Reporteros Sin Fronteras. Me costó mucho tomar la decisión, pero fue increíble y me siento muy agradecida. En ese momento, no me había dado cuenta que las amenazas habían sido directas, sino que como estaba en un tema tan endeble como la extorsión, te puede escribir cualquier persona.

Me había pasado en otros momentos con coberturas de más riesgo, o que yo sentía que eran de mayor riesgo, pero luego te das cuenta de que no es la cobertura o el tema, sino la constancia y los años que llevas entrando y saliendo de un territorio donde, además, está tu familia, tus contactos, donde está la mitad de tu vida.

Salí de México con esa beca, que era de mayo a octubre, pero en agosto empecé a pensar que necesitaba más tiempo. Ahora que lo estoy contando y que haciendo el ejercicio de recuperar sigo sin estar lista para hablar sin que se me quiebre la voz o sin que se me junten tantas cosas, porque lo dejé todo.

Nunca me había planteado estar en otra caja de pensamiento, interlocutando con otras personas en otro idioma, Creo que el cuerpo y la mente siempre están buscando y tenemos el privilegio de ser resilientes, que es esa manera de salir de donde estás si no te sientes bien. Al final, de eso trata la vida. Fue algo muy personal y decidí apostar por una visa en Alemania y reinventarme.

El asesinato de su compañero fue un punto de quiebre, ¿en algún momento pensó que podía a ocurrirle lo mismo? 

Nunca pensé que pudiera correr ese mismo riesgo. Yo vivía en Chilpancingo, que es la capital de un estado, no quiero decir que en las capitales de los estados no pasan cosas, pero me hizo entender la complejidad de las periferias. Pero que podía pasarme algo en la calle no lo pensé en ese momento. Lo que sí pensé es que seguir publicando me protegía de algún modo, lo que no pasaba cuando trabajaba de fixer, ya que lo que se publicaba no lo podía controlar, pero sí repercutía en mi vida.

Fue a partir de esos años en los que se empezó a descomponerse mi tranquilidad y mi salud mental. Aún es un tema tabú hablar de la salud mental.

«Hasta que me quebré»

¿Percibió que se enfrentaba a un riesgo adicional por ser mujer?

Tampoco lo percibí. Durante los primeros siete años de mi vida periodística, a pesar de que la mayoría de los corresponsales eran hombres, y de un contexto de mucho machismo y mucha condescendencia, no era consciente de ese riesgo. Ahora que lo cuento soy consciente de eso.

El tema de mi vida ha sido el de los cultivos ilícitos y fui la primera mujer que fue sola a un campo de amapolas, y no lo digo desde la soberbia, sino porque me ha costado reconocerme. He sido la primera en ir sin un compañero fotógrafo u otro hombre, sola, y luego llevé a otras mujeres. Y en ese momento yo no me había dado cuenta de esa dimensión.

Otras mujeres y otros hombres han escrito sobre estos temas, pero no desde la mirada desde la que yo lo he hecho y nunca pensé que había un riesgo implícito. Pero cuando yo empecé a cubrir estos temas sí era un riesgo. Otro riesgo es la mentalidad de la gente, porque no es lo mismo que vaya un varón a una comunidad indígena a que vaya una mujer a hablar con los hombres de la comunidad.

Además, yo era la única mujer corresponsal en los cuatro medios más importantes y era un peso muy grande, simbólico y material, porque se me iba una nota y el peso era muy cabrón para mí, para mis jefes, porque yo estaba compitiendo con compañeros que cubrieron la guerrilla en los 80. Ellos tenían 50 y yo 20.

Siempre navegué en la dificultad hasta que me quebré. Cuando me quebré, descubrí que todo lo de estos años sí era relevante o siempre había sido, pero afortunadamente, o desafortunadamente, no me di cuenta. No lo sé. Digo afortunadamente porque si no me hubiera ido del periodismo.

El peso de estar a la defensiva o en alerta…

Exacto, esa hipervigilancia con la que vives es el peor enemigo silencioso, es una hipervigilancia que ni tú misma eres consciente de que la tienes.

Ser periodista en el exilio

¿Y cómo cambiaron sus condiciones para hacer periodismo?

En términos de seguridad sí me siento mucho más tranquila en Alemania. Vivo en una ciudad enorme donde hay inseguridad, pero no hay punto de referencia.

Pero me siento más vulnerable en cuanto a ser periodista, porque la seguridad en México era mi trabajo. Mi primera definición es que yo soy periodista y acá no puedo enunciarme de esa manera.

¿Sigue haciendo temas sobre México?

Sí, lo sigo haciendo. En el medio que me becó tengo algunas colaboraciones, pero es más lento porque tienen un corresponsal allá y tienen que traducirme. Es un proceso en el que tengo que ser paciente.

Ahora no me dedico al periodismo al 100%. Cuido a una persona mayor y eso me permite reinventarme, con eso cubro ciertos gastos para no depender sólo del periodismo. Eso ha sido duro porque, aunque te empiezas a cuestionar la palabra exiliada, al final tengo que enunciarme de esa manera.

Precariedad en el periodismo

Hablaba de que matar a periodistas en México no vale nada… ¿Esa impunidad es lo peor a lo que se enfrenta el periodismo?

Sí, pero son varias cosas. La precariedad laboral es lo que más afecta al periodismo en México: hacer un trabajo de alto riesgo sin una paga digna y que compromete tu salud, física mental y emocional. Este es el mayor riesgo de la profesión porque tienes que hacer un trabajo sin mínimas condiciones para desempeñarlo, ni el Estado ni las empresas dan esas condiciones.

Ese es el primer riesgo. En medio están los asesinatos y las desapariciones forzadas, que ocurren en contextos de alta precariedad sin la protección del Estado. Es la mezcla perfecta.

Antes de hablar de impunidad hay que hablar de corrupción y hay que hablar de todas las deudas del Estado en convivencia con las empresas periodísticas.

¿Y cree que la situación puede mejorar?

No creo que pueda mejorar, pero debe mejorar porque con los años nosotros nos hemos capacitado justamente para capacitar a otros y para que en nuestros proyectos una línea importante sea hablar de libertad de expresión. Pero el Estado no está dispuesto a reconocer a los perpetradores, que son en un gran porcentaje sus mismos funcionarios o integrantes de las fuerzas de seguridad de cualquier nivel.

Es duro porque también nuestro presidente tiene una campaña de violentar a los periodistas. Nosotros hacemos mucho trabajo para que esto se mueva un poquito, pero irá muy lento.

Los duelos del exilio

Además de su profesión, ¿qué es lo que tuvo que dejar en México?

Principalmente la familia. Duele mucho porque, aunque tengo contacto virtual con mi familia, desde hace dos años no veo a mi papá ni a mis hermanos.

Son muchos duelos juntos. También dejé allá la posibilidad de enunciarme todo el tiempo en español. Acá tengo un trabajo como cuidadora para poder seguir siendo esta periodista fuerte que se ha formado a partir de muchos chingadazos, de mucho trabajo. Esto es un duelo que no se ve, un duelo de las cosas inmateriales… como opinar de temas de los que yo tengo voz, como el caso Ayotzinapa. En México, no me callaba la voz, no dejaba de ser visible porque también entendí que eso iba a protegerme. Y ahora no publico tan a menudo.

Son muchas seguridades las que he perdido, pero he ganado otras. Sí hay un proceso que fortalece al estar lejos de los tuyos, pero son más pérdidas que ganancias las que puedo sumar. Esa manera en la que los otros me miraban con admiración. Ahora, que estoy acá y dejé tan aguerridamente todo eso, también es una pérdida que tiene que ver conmigo como periodista. Hay muchos vínculos que yo tenía allá que se están perdiendo.

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EFE