Aunque los asesinatos perpetrados por mujeres contra hombres no son comunes en Nicaragua, el asesinato de una joven contra su pareja en Prinzapolka cometido el pasado 7 de agosto, abrió el debate sobre si los masculinicidios existen, a como existe la figura de femicidio en el Código Penal del país. En entrevista con La Lupa, María Teresa Blandón, socióloga, especializada en género y directora del Programa Feminista La Corriente explica por qué no existe esta figura, ni similares, así como su valoración de este tipo de casos.

Los homicidios perpetrados por mujeres en 2020 fueron 12, mientras por hombres hubo 369 procesados por el mismo delito. Para Blandón, las estadísticas son claras y sustentan el patrón de violencia machista en el país.

A partir del asesinato que cometió una joven de 18 años contra su pareja de 30, han surgido comentarios sobre que se trata de un masculinicidio ¿Los masculinicidios existen?

No existe tal cosa porque en el mundo hay un patrón común, en donde los hombres son los agresores y las mujeres son las víctimas de esa violencia fatal. En todo el mundo la tendencia es que los hombres no solo agreden cotidianamente a las mujeres, sino que también llegan al extremo de asesinarlas. Es una realidad que se constata en todos los países, aunque los índices entre las tasas de femicidios sean diferentes, y de ese patrón universal es donde sale el concepto de femicidio o feminicidio, que tiene a los hombres como perpetradores, a las mujeres como víctimas y al Estado como propiciador de esa violencia.

¿Cómo debería actuar la ley en estos casos?

La ley existe para los casos de homicidio. Está el homicidio doloso, culposo, premeditado, con agravantes. En este caso creo que hay agravantes porque lo mató de una manera brutal. En realidad, no sabemos mucho qué había antes, pero está claro que es un homicidio agravado. Para eso está la ley y tiene una pena máxima para este tipo de delitos. Incluso ahora el Gobierno de Nicaragua se extralimitó poniendo la cadena perpetua para crímenes horrendos, de tal manera que, si clasifican este asesinato como un crimen horrendo, pueden aplicarle la pena máxima a esta mujer, cosa que no han hecho con muchos femicidas que han cometido crímenes espantosos. Por ejemplo, un exmilitar que decapitó a su esposa y tardaron varias semanas para encontrar su cabeza. Así que veremos cómo el régimen y el Poder Judicial aplicarán la ley.

Para ese tipo de homicidio, que no son la norma, muy pocas veces vamos a ver mujeres que asesinan a los hombres, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo. Por eso hablaba de los patrones que hay entorno a estos asesinatos. Son casos bastante excepcionales. Sería deseable que se pueda tomar en cuenta los antecedentes: cómo esta muchacha fue a vivir con este hombre que era mucho mayor que ella, ella no era menor de edad, pero la diferencia de edad era grande, en qué condiciones vivían. Habría que ver si la muchacha actuó en defensa propia porque puede ser un atenuante a como está establecido en todos los códigos penales.

Evidentemente no podría hablarse de una figura inexistente. Las figuras existentes son el homicidio que aplica para hombres y mujeres, y el femicidio que habla de un delito que los hombres comenten contra las mujeres, que es cometido por un tema de subordinación femenina y de dominación masculina. No podemos hablar de otra figura porque no estamos hablando de una chavala de 18 años que tiene la posibilidad de dominar y controlar a un hombre de 30. Eso es una fantasía.

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¿Por qué es una violencia menos frecuente?

Eso es lo que permite ver la diferencia entre los crímenes que comenten hombres contra mujeres y de crímenes que comenten mujeres contra hombres, incluso contra otras mujeres. Muy pocas veces una mujer asesina a otra mujer. Esto tiene que ver con cómo nos educan a los hombres y a las mujeres. A nosotras desde la infancia nos educan para controlarnos, es decir, somos personas más amaestradas y educadas para controlar la rabia, la frustración y todas estas emociones que están de lado de la agresividad. Todas estas emociones se derivan a otras formas de expresión como la tristeza, la impotencia y el dolor.

En general, las mujeres no encubrimos estas emociones a como sí hacen los hombres. Si tenemos miedo, expresamos el miedo. Si tenemos dolor, expresamos el dolor. Mientras que la rabia y el coraje lo reprimimos. Debido a eso, muchas mujeres no solo no agreden a los hombres, sino que también no aprenden a defenderse. La indefensión es una de las primeras enseñanzas que tenemos desde la infancia, así como inhibir ese tipo de emociones.

En cambio, con los hombres ocurre todo lo contrario. La sociedad les enseña y autoriza a expresar físicamente el coraje. Desde pequeños se les permite dar golpes y patadas, hacer berrinches, chantajear a otras personas, en particular a las mujeres. Tienen permitido derivar todas sus emociones hacia comportamientos sumamente agresivos que, luego con el tiempo se van convirtiendo en comportamientos violentos normales.

A como lo han planteado muchas teóricas del feminismo, hay un permiso social y una alta tolerancia a la violencia masculina, y existen muchas justificaciones al respecto. La gente lo justifica porque la mujer lo dejó, porque ya no lo quiere, porque andaba borracho, porque estaba frustrado, porque le pasó algo, porque perdió el trabajo o peor aún, culpan a las mujeres por los comportamientos violentos de los hombres, porque ella no se cuidó, porque era una vaga o porque ella era irresponsable. Estos son algunos ejemplos de cómo operan los dispositivos ideológicos en la sociedad que prohíben a las mujeres comportamientos agresivos y las obligan a inhibirlos, mientras que estimulan en los hombres ese mismo comportamiento que se rechaza en el caso de nosotras.

Las mujeres no somos educadas para expresar violentamente ciertas emociones, ni tampoco somos educadas para querer controlar la vida de los hombres, es al revés. Las mujeres somos educadas para asumir que los hombres tienen el control, que tienen el mando de nuestras vidas, ya sean como padres, hermanos, marido o líderes religiosos.

La sociedad les confiere a los hombres la potestad de controlar la vida de las mujeres. No solo en el ámbito privado de las relaciones interpersonales, sino en el ámbito público. Es un permiso y un privilegio que la sociedad le otorga a ellos, y ese privilegio lleva implícito la facultad de ejercer violencia, si las mujeres no se someten al poder masculino. Por eso es infrecuente que sean las mujeres que cometan estos delitos y que sea sumamente frecuente que sean los hombres quienes sí lo hagan.

¿Por qué a las mujeres se les condena mucho más cuando comenten este tipo de delito?

La sociedad está acostumbrada a ver a las mujeres como víctimas, no como victimarias. Es importante enfatizarlo porque es muy grave. En esto los medios de comunicación tienen gran responsabilidad porque acostumbran a presentar a las mujeres como víctimas. Es un lugar donde ya están colocadas, cosificadas y estigmatizadas. Ellas son las que aparecen con los moretones, con las fracturas o con los cuerpos desmembrados en cualquier lado. Ellas son las que aparecen llorando, pidiendo clemencia, ayuda o justicia, pero ellas no aparecen como perpetradoras. En esos imaginarios que difunden los medios de comunicación, los hombres sí aparecen como tales.

Entonces la sociedad se desconcierta cuando una mujer sale del lugar de la víctima que llora y pide protección y se coloca en el lugar de victimaria como en este caso.

¿Bajo qué mirada hay que leer este tipo de casos? ¿Bajo una lectura neutral?

Creo que no se puede hacer una lectura neutral porque los datos son contundentes. No admiten ninguna confusión. El año pasado hubo 72 mujeres asesinadas y los asesinos fueron hombres, en ningún caso fueron asesinadas por otras mujeres. Ahora estamos empezando el mes de agosto con 46 mujeres asesinadas y un número mayor de intentos de femicidio, y en todos los casos los perpetradores son hombres. Mientras que hablamos de un solo caso de una mujer que asesinó a su pareja. No hay términos de comparación.

Si esas son las diferencias estadísticas, nos tienen que decir algo. Lo que nos dice es que el patrón de violencia machista o de género, es que las mujeres son las víctimas y los hombres son los perpetradores. No al revés. No podemos tratar de invertir la realidad porque solo las cifras hablan por sí mismas. Nos habla de un patrón de comportamiento que autoriza a los hombres de ejercer violencia contra las mujeres y niñas. Aunque ahora quisieran aprovechar este hecho lamentable para intentar encubrir la realidad, es imposible porque la realidad se impone y los datos son elocuentes.

Tenemos que buscar las explicaciones razonables. Algunas preguntas son: ¿Por qué hay tantas mujeres que son víctimas de violencia machista? ¿Por qué hay tantos hombres que recurren a la violencia en contra de las mujeres? Son preguntas complejas que no podemos evadirlas a partir de un hecho singular como este.

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