Desde hace mucho tiempo el régimen Ortega-Murillo expresó con palabras y demostró con hechos que no cree en la democracia. La desarticulación del propio FSLN como partido y los sucesivos fraudes electorales son una prueba fehaciente de la pervivencia de una práctica autoritaria y una apuesta por la violencia para sostenerse en el poder. Ha aceptado participar en elecciones solo si controla las reglas del juego que le permitan hacer fraude.

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