Cada 25 de noviembre, el mundo se detiene —al menos un poco— a mirar de frente algo que muchas vivimos todos los días: la violencia contra las mujeres.

La fecha nació de la memoria y la resistencia: se escogió en honor a las hermanas Mirabal, tres mujeres dominicanas asesinadas en 1960 por enfrentarse a la dictadura de Rafael Trujillo. Años después, la ONU reconoció el 25N como un llamado global para visibilizar y erradicar las violencias que nos atraviesan: físicas, sexuales, psicológicas, económicas y simbólicas.

Este texto nace desde esa memoria, pero también desde un lugar muy íntimo: el de vivir acoso de forma sostenida.

No es una denuncia, es, más bien, una conversación abierta con quien lea de forma empatica. Es un intento de decir con calma algo que muchas hemos sentido en silencio: que el acoso también es violencia, es un paso más de sanación personal que ojalá también se abra a lo colectivo.

¿Qué es el acoso? Mucho más que “algo incómodo”

Según la teoría el acoso es cualquier comportamiento no deseado de carácter sexual, físico, verbal o no verbal, que atenta contra la dignidad de una persona y crea un entorno intimidatorio, hostil, degradante o humillante.

Pero más allá de las palabras técnicas, el acoso se reconoce en la vida diaria, en el cuerpo, en la piel.

  • Puede empezar con un mensaje insistente, una “broma” que no hace gracia, una mirada que invade, invitaciones que rechazas pero se repiten, regalos que no pediste.
  • Puede aparecer en el trabajo, en espacios culturales, en la universidad, en organizaciones sociales, o solo en tu celular, desde lo digital.
  • Puede darse entre personas que nunca tuvieron nada, o entre personas que sí tuvieron un vínculo afectivo. Y aun si lo tuvieron, eso jamás justifica el acoso.
  • Puede ir acompañado de amenazas, difamación, uso abusivo de recursos institucionales, persecución en redes, contacto con tu familia o colegas para dañar tu imagen.

Hay muchos rostros del acoso:

  • Acoso sexual, cuando tu cuerpo se vuelve territorio invadido.
  • Acoso laboral o psicológico, cuando una persona te hostiga, minimiza, humilla o te aísla de forma reiterada.
  • Acoso digital, con perfiles falsos, difusión de datos personales, campañas de desprestigio en redes o cadenas de correos que tergiversan la realidad y te degradan.
  • Acoso institucional, cuando se usan las estructuras del Estado o de organizaciones para cansarte, intimidarte, exponerte o silenciarte.

En la práctica casi nunca vienen solos: se mezclan, se alimentan entre sí, sobre todo cuando quien lo ejecuta conoce esas herramientas y sabe el impacto psicológico que pueden tener sobre la víctima.

El acoso transgrede los derechos humanos. No entiende de clases sociales, de nivel educativo ni de estatus. Puede venir de una persona con prestigio, envuelta en discursos de justicia, que usa sus conocimientos profesionales y/o herramientas institucionales para controlar, intimidar o hacer daño.

Por eso, el acoso es también una manifestación de violencia enmascarada.

25 cosas que entendí del acoso

Las campañas suelen mostrar el acoso como una escena: un momento. Pero el efecto real se instala mucho más hondo y se vuelve consecuencia. Estas son 25 marcas que yo he reconocido.

1.  El acoso roba el sueño.

Primero te roba la calma. Empiezas pensando si es algo de qué preocuparse, si “tal vez es mejor ignorar”. Y de a poco, el sueño se vuelve difícil de alcanzar. (Ahora entiendo el lujo que es dormir profundamente y sin interrupciones).

2.  Te hace dudar de tu memoria.

“¿Estaré exagerando?”, “¿habré entendido mal?”. Empiezas a desconfiar de tu propia percepción, aunque el cuerpo grita que algo no está bien.

3.  Te aísla sin que te des cuenta.

Dejas de contar cosas, de salir, de confiar. Sientes que nadie va a entenderte. El silencio se vuelve una jaula.

4.  Convierte la confianza en miedo.

Lo que antes era un espacio seguro se vuelve territorio de tensión. Donde había confianza, ahora hay alerta. Donde había templanza, ahora hay miedo.

5.  Te hace pedir perdón por existir.

Empiezas cediendo espacio, midiendo palabras, bajando la voz. Pides perdón por estar cansada, por estar triste, por no poder fingir que todo está bien. Hasta que un día te descubres pidiendo perdón por existir. Entonces llega la culpa.

6.  Apaga la creatividad.

Cuando vives con el miedo del acoso sostenido, las ideas se esconden. Lo que antes fluía se detiene. La mente se llena de ruido y alertas. Ya no creas: sobrevives.

7.  Rompe vínculos que costaron años.

El acoso no solo te daña a ti, también arrastra lo que te rodea: amistades, proyectos, espacios que amabas. Te deja con la sensación de pérdida.

8.  Te obliga a explicar una y otra vez lo evidente.

Repites la historia hasta el cansancio para que te crean. Y en cada intento algo dentro se desgasta. No hay peor violencia que tener que convencer al mundo de que lo que vives es real.

9.  Te deja hipervigilante, incluso en calma.

Cuando todo parece tranquilo afuera, el cuerpo sigue en guardia. Una palabra, un ruido, una notificación… y el pulso se acelera. El acoso no termina cuando cesa el contacto: permanece en el cuerpo y en la respiración.

10.  Hace que el cuerpo tiemble ante un correo o una llamada.

No es solo miedo, es memoria. El cuerpo recuerda antes que la mente. Un sonido, un nombre, una frase… y algo dentro se encoge.

11.  Te hace creer que hablar te pone en peligro.

Te convence de que es mejor callar, que nadie te va a creer, que hablar solo empeora las cosas. El miedo se disfraza de prudencia y el silencio se vuelve una forma de sobrevivir. Pero callar también duele.

12.  Te quita oportunidades que habías ganado con mérito.

Te borra de espacios que ayudaste a construir, te obliga a retroceder para sentirte a salvo. La difamación cambia las miradas: de pronto, algunas puertas se cierran y algunos silencios pesan más que las palabras.

13.  Revela lo difícil que es sostenernos entre mujeres en medio del miedo.

El miedo también toca a quien acompaña: miedo al qué dirán, a quedar en medio, a perder espacios. Acompañar cansa, implica tiempo, energía, salud emocional. Y a veces no estamos listas para enfrentar ese monstruo. Hay muchas formas de acompañar, y algunas no te exponen: un “yo te creo”, un “aquí estoy”, compartir una campaña, no soltar la mano.

14.  Desgasta tus defensas físicas.

Con cada gesto de acoso, cada vez que lo recuerdas o hablas de ello, el cuerpo entra en alerta. Llegan dolores de cabeza, de estómago, náuseas, insomnio, agotamiento. Te enfermas con más facilidad porque el cuerpo también se cansa de resistir.

15.  Te roba tiempo de vida.

Te roba el tiempo para entenderlo, procesarlo, después para buscar ayuda. El tiempo se vuelve denso, largo, cansado. Los días se consumen entre pensar, resistir, explicar, defenderte.

16.  Te convierte en la historia que otros cuentan por ti.

Tu nombre aparece en bocas ajenas, en conversaciones que nunca diste. Tu historia se vuelve versión, comentario, rumor. Te colocan en el papel de exagerada, conflictiva, “la que se lo buscó”.

17.  Te hace dudar de tu valor profesional.

Lo que construiste con años de trabajo empieza a tambalear en tu cabeza: ideas, capacidades, logros. Llegas a creer que una persona puede ensuciar todo lo que levantaste con esfuerzo. Pero tu valor no depende de la difamación ajena.

18.  Te obliga a sobrevivir mientras otros duermen tranquilos.

Mientras algunas personas ni se imaginan lo que es el acoso, tú aprendes que un cuerpo en alerta no sabe dormir. Sigues funcionando con pocas horas de sueño y mucho cansancio. El mundo sigue su ritmo mientras tú intentas no derrumbarte.

19.  Te enfrenta a la injusticia de ser desacreditada.

Hablas y te cuestionan. Nombras el daño y dudan de ti. Te dicen que exageras, que malinterpretaste, que “no fue para tanto” o que “lo ignores”. Tener que probar una verdad que ya te atravesó el cuerpo es otra forma de violencia.

20.  Te enseña el poder del silencio y la necesidad de romperlo.

Al principio el silencio parece refugio, pero pronto aprieta, hiere, encierra. Callar es cargar sola con lo que no te corresponde. Romper el silencio, aunque duela, es dignidad y cuidado hacia ti.

21.  Te hace entender que acompañar también cansa, y que cuidar duele.

Acompañar a alguien que vive acoso no es sencillo. También toca miedos y límites. Cuidar puede doler y desgastar, y aun así lo hacemos. Acompañar no es perfección: es presencia. También es decir “no puedo más” y volver cuando sí puedas.

22.  Te revela quiénes están, aunque sea en silencio.

En medio del miedo y la confusión, descubres que hay personas que se quedan, están en un mensaje, en un “¿cómo amaneciste?”, en un “aquí estoy si lo necesitas”. Son una red que no se ve, pero te sostiene.

23.  Te recuerda que el acoso no tiene género.

Puede venir de un hombre, de una mujer, de alguien cercano o de alguien que dice defender derechos. La violencia no cambia de rostro por cambiar de cuerpo: duele igual, hiere igual, deja marcas profundas. Denunciarlo —en lo legal, lo social, lo simbólico o lo íntimo— es un acto de ruptura y de comienzo.

24.  Te enseña que sanar también es una forma de resistencia.

Sanar no es olvidar ni minimizar lo que pasó. Es dejar de vivir atrapada en la herida. Ir a terapia si puedes, escribir, llorar lo que no lloraste, pedir ayuda sin culpa, descansar, recuperar tu risa y tu creatividad: todo eso también es político.

25.  Te recuerda que la verdad, tarde o temprano, alcanza.

Denunciar no siempre trae justicia inmediata. A veces el sistema falla, te cansa, te expone. Pero algo se mueve cuando decides hablar: la mentira deja de tener todo el espacio, el miedo deja de mandar en tu vida, la verdad empieza a encontrar su camino.

Lo que aprendí (y sigo aprendiendo)

Me considero feminista, defensora, activista. Lo he dicho con orgullo en muchos espacios. y desde esa perspectiva, la experiencia me ha hecho ver algunos puntos como:

  • Las mujeres también podemos ser agresoras.
  • Los espacios feministas que se nombran “seguros” no siempre lo son.
  • Hay mujeres que sostienen a la agresor/a y participan del silenciamiento.

Aprendí que eso también es violencia: una violencia que se disfraza de sororidad, de “credibilidad selectiva”, que usa el discurso del feminismo para callar a otras mujeres e invalidar sus experiencias. Reconocerlo no nos hace menos feministas; nos hace más honestas.

Hablar de acoso cuando viene de una mujer del movimiento hacia otra incomoda. Mueve estructuras, baja pedestales, nos obliga a revisar prácticas y silencios.

En varios países de Centroamérica, y en el país donde resido, las leyes y políticas públicas sobre violencia se pensaron casi siempre en el modelo “hombre agresor / mujer víctima”.

Ese enfoque fue —y sigue siendo— fundamental para visibilizar la violencia machista, pero dejó experiencias en tierra de nadie: mujeres acosadas por otras mujeres, personas LGBTIQ+ acosadas por parejas o exparejas, hostigamientos donde la persona agresora no encaja en la figura “pareja hombre”, pero sí ejerce control, vigilancia y daño.

Aprendí que sanar también es resistencia. Ir a terapia si puedes, escribir, hablar con personas de confianza, descansar, volver al cuerpo, recuperar la creatividad, poner límites y decir “hasta aquí”: todo eso también es parte de la lucha.

Mi refugio ha sido mi familia de amigos, mi familia de sangre, mi pareja, los espacios donde conocen mi esencia. Gracias a ellos y ellas estoy aquí, dando frente a esta lucha que es mía, pero que también es de muchas mujeres.

Mi madre decía: “La mentira corre más rápido, pero la verdad siempre la alcanza.” Hoy lo creo más que nunca. La mentira puede llenar chismes, pantallas, expedientes, grupos de WhatsApp. Pero la verdad se queda en los cuerpos, en las memorias, en la red que tejemos para sostenernos entre nosotras.

Si estás viviendo acoso

No tengo una fórmula mágica —ojalá la hubiera—, pero te comparto algunas cosas que a mí me han servido:

No te culpes.

El acoso nunca es culpa de quien lo vive. Nunca.

Ponle nombre.

Aunque la ley no lo tipifique como quisieras, aunque tu entorno lo minimice, decir “esto es acoso” es un acto de dignidad.

Busca apoyo.

No siempre se encuentra a la primera. Puede ser una amiga, una terapeuta, una colectiva, una organización de derechos humanos, un grupo de confianza.

Descansar en el camino no es rendirse.

Guarda lo que puedas.

Mensajes, correos, fechas, capturas de pantalla, notas. Si decides denunciar, eso ayuda. Si no, también ordena tu memoria.

Cuida tu cuerpo.

Dormir, comer, moverte, respirar profundo, dejar entrar de nuevo pequeñas alegrías. Reír o sentir placer en medio del proceso no te hace “menos seria”: te recuerda que sigues viva. Si algo me ha enseñado todo esto es que nombrar la violencia es el primer paso para transformarla, y elegir la verdad, una y otra vez, también es resistencia. 💜

TEXTO DE: Anamar de Sancuanjoche

Perfil del autor
La Lupa Nicaragua