“Eva” usa su traje azul, está rayado con pintura de uña color blanco: rea política, se lee. “Eva” también grita desde el galerón donde está con otras 91 almas, en la Cárcel de Mujeres La Esperanza, en Nicaragua, “democracia si, dictadura no”. Esa era su forma de protestar. Así lo hizo cada vez que pudo, así recordaba que ella era la única presa política en un mar de presas comunes. “Eva” en realidad es María Ruiz Briceño, una chavala de 22 años, que ahora, en libertad, recuerda el sabor amargo de sus casi seis meses de encierro.

La apresaron junto a seis personas el 13 de julio de 2019. Acababan de recordar aquel 13 de julio de 2018 con un plantón en la Catedral de Managua, hacía un año que paramilitares atacaron a los universitarios atrincherados con armas de fuego en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (Unan-Managua), en esa ocasión, dos universitarios fueron asesinados. María era atrincherada y después, se convirtió en presa política. La Policía orteguista interceptó el taxi en el que viajaban; los habían atrapado.

Pasó tres días en la cárcel del Distrito Uno, donde le tomaban fotografías en cada momento, la interrogaban sobre quiénes organizaban los piquetes cívicos, dónde estaban las casas de seguridad, quiénes eran los encargados de dichas casas, e insistían en que les dijera el paradero de varios jóvenes exatrincherados de la UNAN. Ninguno de los chavalos dijo nada. Finalmente, la Policía dejó libre a cuatro, y encarceló a tres, María incluida.

El detective policial les propuso que podían salir libre al día siguiente del que fueron apresados si colaboraban con ellos, que incluso, les grabarían un video, pero María se negó. “Yo no hacía trato porque yo no era ninguna sapa, como ellos”, cuenta. El agente se molestó, dio un manotazo y les dijo que se atuvieran a las consecuencias, ella respondió: “pues me atengo”, recuerda. 

DUROS INTERROGATORIOS

Ahí, en la estación policial sobrevivió por la solidaridad de los otros presos, quienes compartían comida con ella y sus amigos porque su mamá no sabía dónde estaba. A ella no la golpearon, pero hubo intentos de hacerlo. A sus amigos si los golpearon, recuerda. De hecho, cuando la capturaron le pusieron un arma en la cabeza, pero no se amedrentó.

El tercer día en la estación policial el detective les dijo que iban a ser acusados por robo, y que firmaran un documento, ella se negó y tiró el papel. En efecto, la estaban culpando por robo agravado. Todo esto sucedió mientras su madre la buscaba sin éxito de encontrarla. Los oficiales le decían que fuera a la morgue, relata la joven.

María Ruiz Briceño
María Ruiz Briceño junto al también excarcelado político, Edwin Carcache. Foto cortesía

En el complejo policial Evaristo Vásquez, conocido como el nuevo Chipote, logró ver a su mamá. Ahí volvieron a interrogarla, le decían que la querían ayudar, y que ella no dejaba hacerlo, puesto que no brindaba información sobre la lucha cívica. Estima que estuvo 20 días en El Chipote hasta que la trasladaron a La Esperanza.

Contrario a la situación de las presas políticas anteriores, que estaban en celdas, y todas podían apoyarse, María estaba sola en un galerón lleno de desconocidas. Ella soñaba con escapar y pensaba cómo hacerlo. No aguantaba más el encierro, relata. Se debía levantar a las 5:00 a.m. para bañarse porque solo había tres duchas para más de 90 mujeres, luego, tenían que alistarse para esperar la revisión por parte de las autoridades, que es una especie de recorrido para ver que todo esté en orden.

El tiempo pasaba lento, muy lento. Su día transcurría entre mantenerse acostada, conversar con otras mujeres, y dibujar. Sus retratos recordaban a la lucha cívica. Una vez dibujó un guardabarranco con patas de águila y con una flor de sacuanjoche en el pico. Con ese dibujo participó en un concurso que promovió un grupo de evangélicos que llegaba a predicar a la cárcel y ganó. El premio fue un jabón y un papel higiénico.

NEGABAN QUE ERA PRESA POLÍTICA

Tenía que soportar a las carceleras, le decían que no se identificara como presa política y que tampoco protestara, lo cual no cumplía. En varias ocasiones le llamaron la atención por supuesta mala conducta, cuando en realidad protestaba. Le quitaban la pintura de uña y los trastes, pero las otras reas siempre compartían con ella.

La comida le hacía daño. Constantemente tenía vómitos, estreñimiento y calentura. Decidió ingerir solo la leche y galletas que su madre le llevaba. En el sistema no le daban medicinas, pero si les entregaban los medicamentos que su familia le dejaba.

La depresión no se hizo esperar. Con el pasar de las semanas, empezó a reflexionar sobre las pérdidas que había tenido: su tiempo, estudios, y ahora, su libertad.

Las carceleras le decían que dónde estaban todos los que andaban protestando, que la habían olvidado, que la habían dejado. Ella sentía que había hecho lo correcto, que pese a que estudiaba dos carreras (Banca y Finanzas en la UNAN-Managua e Ingeniería Electrónica en la UNI) tenía que haberse involucrado en la lucha cívica. “Lo sacrifiqué todo por hacer lo honorable”, reflexionaba. Los discursos de las carceleras no le eran del todo indiferente. Después de todo, el verse sola no servía de aliento para no sentirse olvidada.

María Ruiz presa polítca
María Ruiz Briceño estuvo atrincherada en la UNAN-Managua. Foto cortesía

Recibió Navidad encerrada. Se sentía terrible estar en una cárcel un 24 de diciembre, lejos de su familia, en su natal, Belén, Rivas. A ellos los recordaba siempre y tenía miedo que les pudiese pasar algo por su culpa. Cuando estuvo en el Distrito Uno también la amenazaron con llegar a traer a sus hermanas, e incluso, la Policía le quitó su computadora a su mamá, una vez que llegó a la casa. Ella cree que querían borrar cualquier evidencia que la identificara como estudiante.

Asegura que solo Dios le dio la fortaleza para soportar estar encarcelada. En una ocasión, recuerda que estaba recibiendo patio-sol, y mientras caminaba, una mujer le dio un golpe en la espalda, ella no se alteró, y le dijo: ¿Qué le pasaba?, que ella no le había hecho nada. La mujer le contestó que no querían presos políticos. Entonces, María le dijo: “pues decile a tu comandante que me saque de aquí”. Otra presa intervino, la defendió y el incidente no progresó.

A lo interno del penal hay una comunidad de presas divididas, como sucede con toda la población nicaragüense. En el caso de las presas comunes, algunas ven a las presas políticas como una moneda de canje, explica María. Creen que si las insultan o les hacen daño las van a liberar más rápido a través de indultos.

LA LIBERACIÓN

Sin decirles hacia dónde iban, solo que serían trasladados, a María la llegaron a despertar a las 2:00 a.m. del 30 de diciembre de 2019. La llevaron a La Modelo, ahí vio a otros presos y se sintió más tranquila, pensó que los iban a liberar o “quién sabe a dónde (los llevaban) a asesinar, digo yo, pero estamos juntos”, recuerda y se ríe. Ese día el régimen de Daniel Ortega liberó a 91 presos políticos, pero quedan al menos 65 personas. Finalmente, les avisaron que irían a sus casas, bajo ciertas condiciones. En realidad, ella no firmó ningún papel al salir. En el lugar apareció el Nuncio Waldemar Sommertag junto a miembros de la Cruz Roja Internacional. Él les dijo “yo estoy viendo que se los lleven a sus casas”.

Después del año que pasó María, le pregunto si se arrepiente, pero asegura que no. Se metió de lleno en la protesta cívica por razones justas, recuerda a sus amigos expulsados y se indigna que les hayan quitado lo que les costó esfuerzo porque nadie se los regaló.  “Ese jodido de Daniel-Ortega- no saca de su bolsillo para pagar una beca a un estudiante aquí, mentira, sale de los impuestos”, expresa. Ella se decía que no se podía quedar callada ante las arbitrariedades, no lo hizo, y no la hará.

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La Lupa es un medio con perspectiva de género y derechos humanos que surgió en mayo de 2019.