La violencia de las ‘maras’ que expulsa a las mujeres hondureñas

Lorena y Andrea —cuyos nombres han sido cambiados para proteger sus identidades— viven hoy en países distintos: Estados Unidos y España. Nunca se han visto, pero sus historias se cruzan en un mismo origen: Honduras. Huyeron tras sufrir violencia dentro de sus propias familias, vinculadas a maras y pandillas.
Lorena llevaba una vida tranquila en Tegucigalpa. No tenía conflictos con nadie hasta que su primo, ligado a una pandilla, empezó a aparecer constantemente en su entorno.
Merodeaba su casa: a veces solo, otras acompañado por desconocidos. La presión llegó al punto de obligarla a terminar su relación sentimental para proteger a su pareja.
“No podía seguir sintiéndome vulnerable”, contó Lorena a La Lupa.
El acoso escaló cuando su primo descubrió su orientación sexual. Intentó abusar sexualmente de ella. “Tal vez así te quito lo marimacha”, recuerda que le dijo.
Ese fue el punto de quiebre. Denunciar no era una opción: sabía que pertenecía a una mara y temía represalias contra su vida y la de su familia. Su única salida fue huir del país.
La familia de Andrea denunció a un pariente agresor —también pandillero— cuando descubrieron que abusaba sexualmente de ella desde los 10 años.
“Terminó abusando de mí durante años y ya cuando mis familiares empezaron a notar mi comportamiento, se alertaron bastante y me empezaban a llevar a psicólogos, psiquiatras y a muchos lugares para saber qué era lo que yo tenía”, relató a La Lupa Feminista.
Su madre interpuso la denuncia y el agresor fue encarcelado. Sin embargo, incluso desde prisión continuó amenazándola. Andrea tomó entonces la decisión de abandonar el proyecto de vida que había construido en Honduras y migrar hacia España.
Salir implicó dejar a su familia, la universidad y enfrentar secuelas emocionales que todavía hoy requieren tratamiento psicológico y psiquiátrico.
Una investigación del Centro de Estudios de la Mujer (CDM), “Muertes bajo la sombra de la impunidad: Femicidio en el contexto del crimen organizado en Honduras”, advierte que la presencia de maras y pandillas es “altamente letal para las mujeres”.
El control no solo se ejerce sobre el territorio, sino sobre los cuerpos y la vida cotidiana.
“Las maras y las pandillas se han vuelto ese ejercicio de control y poder en los territorios y que pasa por las actividades delictivas que desarrollan, pero pasa por el cuerpo de las mujeres, pasa por el comportamiento, el pensamiento e incluso el sentimiento de las mujeres”, explicó a La Lupa Feminista, Migdonia Ayestas, coordinadora del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV-IUDPAS).
En los municipios, las mujeres viven bajo normas impuestas por estos grupos: desde la forma de vestir hasta con quién pueden relacionarse.
En 2015, por ejemplo, mujeres de cabello rubio se vieron obligadas a teñírselo por la supuesta prohibición de la MS13, lo que generó pánico.
Ayestas añade que estas estructuras criminales dominan mediante el miedo: “Muchas mujeres son obligadas a pertenecer, reclutadas como objetos desechables. Otras son forzadas a ser parejas de los líderes”.
Relata también el caso de una madre cuya hija de 15 años fue objetivo de un pandillero: toda la familia tuvo que desplazarse para protegerla.
Esta violencia se recrudece contra las mujeres trans. Además de la exclusión estructural —falta de empleo formal, discriminación en salud y ausencia de reconocimiento de identidad de género— viven en riesgo permanente.
Nefer Mejía, defensora de derechos humanos y subdirectora de la Asociación Feminista Trans, tuvo que desplazarse tras ser presionada por una mara para vender droga.
Recibió una llamada: “Una persona con una voz fuerte, intimidante y amenazante me dijo que me habían observado durante varios meses y que era una persona candidata ideal a vender droga para la mara de la localidad”.
Al negarse, la respuesta fue clara: no era una pregunta. “Me estaban diciendo que lo iba a hacer”, recordó.
Cortó la llamada, apagó el teléfono y huyó. Intentó llegar a Estados Unidos, pero fue deportada y tuvo que desplazarse internamente.
¿Por qué ella? “Somos personas descartables para la sociedad”, respondió. Si la policía la detenía, nadie pagaría su fianza.

Aunque el silencio de las víctimas oculta la magnitud, las cifras confirman el patrón. Según el ONV, en promedio el 70% de las muertes de mujeres en Honduras son feminicidios.
En 2024 se registraron 169 feminicidios, de los cuales el 36% estuvo vinculado a delincuencia organizada, incluidas maras y pandillas.
De ese porcentaje, solo el 7.5% de las víctimas tenía vínculo con actividades delictivas.
“A las mujeres no las matan porque están relacionadas con el crimen organizado, el crimen manda mensajes a través de los cuerpos”, subrayó la investigadora.
Para Ayestas, el problema de fondo es la debilidad estatal: no se investiga ni judicializa y la impunidad ronda el 95% en casos de violencia contra mujeres y feminicidios.
En Estados Unidos, organizaciones comunitarias acompañan a mujeres que huyen de estos contextos.
Dulce Molina, codirectora de Madre Tierra —fundada en 2004 para apoyar a migrantes sobrevivientes de violencia— explicó a La Lupa que muchas hondureñas escapan no solo de pandillas, sino también de narcotráfico, violencia doméstica y abusos sexuales.
Durante el acompañamiento descubren que sobrevivieron a múltiples violencias:
“La mayoría venían por violencia doméstica, pero cuando empezás a caminar con ellas, te das cuenta de que también hubo violencia sexual, incesto (…) descubrimos que son sobrevivientes de traumas múltiples, y el impacto es horrible”.
Las secuelas afectan la salud física y mental: insomnio, ansiedad, depresión y, en muchos casos, consumo de alcohol o drogas.
Las tres coinciden en algo: las heridas permanecen, pero empezar de nuevo les devolvió algo que parecía imposible —la tranquilidad.
“Las mujeres transexuales, la población LGBTIQ+, hemos tenido que hacer de esos traumas como una coraza para seguir viviendo”, dijo Mejía.
El acompañamiento de organizaciones en Estados Unidos y España ha evitado que se sientan solas.
Andrea hoy trabaja, vive sola y reconstruye su vida lejos de la violencia. Su mensaje: “Que hablen, que no tengan miedo. Yo pensé que no iba a salir de eso y sigo viva”. Lorena coincide: “aunque parezca que el mundo se derrumba, es posible salir”.
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Lea el siguiente reportaje de la serie: EXPULSADAS
Medio crítico feminista que informa sobre Nicaragua bajo dictadura.
