Basta con un vistazo en las redes sociales, o bien con preguntarle a tu vecino o tu amiga para ver que lo que caracteriza la actitud política en Nicaragua actualmente es el hastío total, la negatividad pura y el rechazo a todo lo que está siendo ofrecido. Hay razones para afirmar que esto es producto de un poder externo a nosotros, la mayoría que no tiene acceso a los mecanismos de poder, que se preocupa más por inutilizar el pensamiento crítico o tal vez redirigirlo hacia otras cosas y entonces solo se observa una reacción masiva cuando tenemos todo encima.

A lo largo de la historia del país es evidente la instauración cíclica de cambios superficiales para mantener la idea de que no todo es lo mismo, que pasamos de lo uno a lo otro. Estos eventos suelen tener la forma de momentos de crisis, la mayoría de veces en forma de violencia, insurrección, protesta.

Pero también es claro que muchas de estas crisis no son explosivas o evidentes a primera vista, pero que tienen una función similar en el sentido que interfieren con la percepción colectiva de la realidad.

Existen otros tipos de crisis: de la moralidad, de lo natural. Como ejemplo, la resistencia que se instaura desde el sistema (ya sea económico, religioso, conservador) en contra de los movimientos sociales que intentan cuestionar normas antiguas que no están basadas en la totalidad de las personas (aborto, migración, derechos LGBTIQ+ etc).

En Nicaragua “la crisis” ha sido siempre un escalón para obtener poder político. La crisis que solventamos, la crisis de la que salimos, la crisis que nos impusieron, la crisis que se viene, la crisis en la que estamos. Siempre como estrategia para obtener un peldaño o una posición de “representación”.

¿Puede que la crisis actual entonces no sea Abril, sino todo lo previo y todo lo posterior? ¿Abril entonces como el momento de no-crisis?

Pero si bien el evento catártico es importante, lo que es verdaderamente determinante para el futuro es lo que pasa después. El establecimiento de estrategias claras de resistencia, de protección, de acuerpamiento, estrategias para dialogar incluyendo a todos los sectores, empezar a utilizar sistemas desligados del SISTEMA. El poder de la crisis proviene de aprender de la misma, de las conexiones reales, de la empatía y de la necesidad de pensar en soluciones.

Sin embargo, la condición constante del país nos termina aprisionando en un bucle cerrado de pensamiento, haciendo difícil evitar la subyugación al funcionamiento predeterminado de un sistema que valora más las ganancias que a las personas. Nos volvemos prisioneros en este paradigma y no hay una manera real de disentir. Nuestros trabajos, para quienes tenemos, vienen con el bonus de una ilusión de libertad y de capacidad de elección.

La mayoría de las acciones que se han tomado a partir de Abril tienen carácter de reacción: a la violencia, a la marginalización, a la confrontación y la desesperanza. Estos factores se unen en una ansia miope por la decapitación del cuerpo que lleva la bota, el orteguismo.

Históricamente, este acercamiento a los problemas socio-políticos ha asegurado la repetición de la repartición de poder entre élites (de origen criollo-colonial) con consecuencias graves para todos los demás. Es un sistema basado en la destrucción y en contradicciones para asegurar su propia supervivencia.

Abril es un punto fijo en la historia. No existe necesidad de mencionar el año y todos lo sabemos, victimas, verdugos y testigos.

De igual manera, todos vimos casi inmediatamente como se empezó a jugar en otro plano, el plano político.

Cuando la insurrección es infiltrada, como siempre lo es, las serpientes muestran sus colmillos llenos de palabreríos, asumiendo los aplausos por cosas que no hicieron, las luces, los micrófonos y nada de responsabilidad; toman el control simbólico del movimiento pero si se les hace zoom se les ve la baba por la posibilidad de acceder a un poder que no va a ser cuestionado constantemente de una manera que realmente importe.

Es por esta razón que si realmente existe un deseo de que los cambios sean significativos, es  necesario exigirle a cada individuo que se considere líder que demuestre la legitimidad de su liderazgo, todo el tiempo.

La pregunta se convierte en la siguiente: ¿Cómo tomar decisiones desde otro lugar que no sea la angustia?

Cuando pensamos que aceptar entre dos opciones que te ponen enfrente es equivalente a escoger, entonces sucumbimos a la fantasía. Uno se repite este sinsentido como se repiten fundamentalismos en una religión. Y bajo el mismo concepto, después vienen las elecciones.

Necesitamos unidad, es verdad, pero no podemos escoger una unidad que inherentemente carece de forma. Una unidad cuya principal característica es lo similar que es a lo que hemos visto antes, a lo que ha puesto a este país en la situación de estrangulamiento infinito. No hay garantías suficientes para confiar en los que tienen sed de poder. Orteguistas o no.

Lo que propongo es estar conscientes del poder que deriva de la crisis y está investido en nosotros. Como ciudadanía, tenemos poder de pensar de manera crítica para proponer ideas nuevas y cuestionar lo establecido, el poder de exigirle a los que pretenden representarnos, el poder de decidir que es lo que nos conviene a nosotros y no aceptar cualquier cosa sólo por no ser la dictadura. Podemos y debemos presionar para que estos grupos de oposición actúen por el bien común y no por intereses individuales. Nuestro poder principal es confrontar al poder y a los que aspiran al mismo; tenemos la responsabilidad de utilizarlo.

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La Lupa es un medio con perspectiva de género y derechos humanos que surgió en mayo de 2019.