La doctora I.L.C.M, fue obligada a exiliarse, hace 16 meses, ante la persecución de la que ha sido víctima junto a sus dos hijos, estudiantes de medicina, por haber atendido a manifestantes heridos por policías y paramilitares al mando de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, desde que iniciaron, en abril 2018, las protestas sociales.

Sofía -como llamaremos a I.LC.M. por seguridad- se involucró en las protestas contra el régimen desde el 20 de abril de 2018, cuando se contabilizaban diez estudiantes asesinados, y 88 lesionados a los que el Ministerio de Salud (MINSA) ordenó no atender en los hospitales públicos.

«Los policías y paramilitares tiraban a matar y en los hospitales había orden de no atender heridos. Yo conocí por compañeras de trabajo que a varios manifestantes los dejaron desangrarse en las camillas de los hospitales», denunció.

Laboró por más de 10 años para un hospital público del que fue despedida por denunciar un robo realizado por una trabajadora de la salud de tendencia orteguista. «Irónicamente me despiden por denunciar un robo. Yo sabía que en realidad era una represalia en mi contra porque sabían que curaba heridos de las protestas contra Daniel Ortega», denunció la doctora.

CASTIGADA POR OPONERSE AL SMP

Sofía recordó que los embates del orteguismo los vivió desde mucho antes de abril 2018. En 1985, estuvo tres días detenida en las celdas de El Chipote, por intentar salir del país junto a otros muchachos que no querían ser recluidos en el Servicio Militar Patriótico (SMP) obligatorio.

«Yo he sufrido los embates desde hace más de 40 años. Me detienen y me pegan en la nuca porque quiero ver para dónde me llevan, me meten una celda en la que solo puedo estar sentada por más de 10 horas, fue una tortura psicológica. Siempre supimos que Daniel Ortega, siempre ha sido un asesino porque lo primero que compró fue armas», señaló la doctora que tenía 16 años durante esa primera detención.

Un pariente cercano también fue detenido durante nueve meses. Fue liberada, pero quedó bajo permanente vigilancia. Aun con el cambio de gobierno en 1990 su situación no cambió mucho pues siempre era señalada de traidora. Desde siempre ha sido perseguida y asediada

En el Minsa le insinuaban que era contra y, al iniciar las protestas sociales, sintió que esa vigilancia se volvió a activar. «Un día un vecino que es sapo llegó con un paquete, que tenía mi nombre, y me dijo que por error le llegó el paquete a su casa, y que lo había abierto. Eso para mí fue una clara evidencia de que seguía vigilada por el Frente Sandinista, que a los 16 años me consideraron contra solo por querer huir de un servicio militar obligatorio con otros muchachos», lamentó la doctora.

REZOS EN MEDIO DE DISPAROS

Antes de exiliarse pasó alrededor de tres meses curando heridos en un puesto improvisado en Masaya, llevando víveres o entregando comida a los jóvenes de los tranques. Recuerda que entre los lesionados habían heridos de impacto de bala en el ojo, quemaduras e impacto por charneles.

Una de las imágenes que asegura que nunca podrá borrar de su mente es, según su relato, que mientras ella atendía, vio como una pareja -agarrados de la mano- iban a una barricada solo con una tiradora en sus manos.

«Fue duro ver como esa pareja, prácticamente, se estaba suicidando y por otro lado ver la fe que se tenía en esos momentos tan duro en que Dios los protegería. Una de las estudiantes de medicina, antes que nos retiráramos nos pedía que rezáramos», rememoró la doctora.

decide tomar el exilio

El primero de julio, luego de ver atender docenas de heridos de los tranques de Masaya, decide sacar a sus dos hijos, estudiantes de medicina, con quienes atendió a los protestantes, y abandonar Nicaragua.

«Decido venirme de allá, prácticamente, huyendo, dejando todo, dejando mi familia, dejando todo lo que construimos con mucho esfuerzo porque lo lógico es que salves tu vida, que resguardes tu vida porque sabes que allá no te van a perdonar la vida, yo no dudé en salir, casi que traigo amarrado a mis hijos, pero me los traje», aseveró la doctora.

Todos se fueron legales de Nicaragua y aunque no han pasado hambre, ahora, desde un país de Centroamérica, luchan por conseguir refugio y permisos para laborar como médicos. Actualmente, sus hijos están estudiando medicina en una de las universidades del país donde buscaron refugio, sin embargo, iniciaron sus clases de cero.

La esperanza de esta familia de médicos es poder, algún día, en un futuro cercano regresar a Nicaragua y «poder seguir sirviendo en lo que aman a su pueblo, porque consideran que todos fueron castigados, únicamente, por atender heridos en Masaya.

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