Lourdes Quistán Mejía conoció desde niña el sufrimiento de haber nacido indígena. Durante la víspera de la Navidad de 1981, mientras su familia celebraba una posada tradicional, fueron atacados por el Ejército de Guatemala. Esa noche masacraron a 48 miembros de su familia, incluyendo a su padre y todos sus hermanos.

En ese entonces, Lourdes, era una niña maya quiché de siete años y vivía en la comunidad de Santa Cruz, situado en las empinadas laderas del Lago Atitlán. «Tuvimos que salir de nuestra comunidad… desplazadas obligatoriamente», relata. Nunca más pudo volver a lo que conocía como su hogar.

“Se usó la violencia sexual como arma de guerra y muchas niñas en esa noche fueron violadas. Fue un contexto bastante difícil y a partir de eso obligatoriamente nos fuimos a otra comunidad”, menciona.

Ese conflicto armado que padeció Guatemala por 36 años, entre 1960 y 1996, fue una de las épocas más difíciles para cientos de personas, pero especialmente eran vulnerables las comunidades indígenas.

Desplazamiento es igual a pobreza y violencia

El desplazamiento lanzó a Lourdes y toda su familia a la precariedad absoluta.

De ser dueñas de su tierra, pasaron a ser mano de obra explotada trabajando por largas jornadas.

Pero el peligro no solo venía de los uniformados; en el desarraigo, sus hermanas adolescentes fueron víctimas del rapto y violencia sexual. Una “costumbre” patriarcal que las obligó a maternar contra su voluntad.

Actualmente Lourdes se estableció en una comunidad del Quiché. Ni ella ni su familia recuperaron las tierras que les fueron arrebatadas ni pudieron regresar. A pesar de las dificultades, ella consiguió ir a la escuela cuando tenía 17 años e inspirar a su hermana menor para seguir sus pasos.

Desde su experiencia de trabajo comunitario reconoce las vulnerabilidades que implica la migración para las mujeres como ella.

Delia Catú, líder maya kaqchikel y coordinadora del Programa de Migración de la Asociación Pop No’j, es tajante: “la geografía guatemalteca castiga la identidad”.

“Donde está centrado el pueblo maya, está centrada la pobreza. Son las tierras menos fértiles, es como que nos hicieron a un lado”, sentencia.

La organización en la que trabaja Catú brinda acompañamiento a mujeres indígenas que han tenido que migrar de sus tierras.  

Señala que la migración de las mujeres indígenas es la respuesta a un combo letal: violencia patriarcal en el hogar, abandono estatal, crimen organizado y violencia sexual.

El costo de romper el silencio

Sildy Mishell Gómez Lima es productora audiovisual feminista, nació en Jalapa en la zona sur oriental de Guatemala, con raíces indígenas muy arraigadas. Al igual que Lourdes, cuando era niña, su familia también se vio obligada a migrar. Pero esa migración no sería la única.

Ella ha vivido en carne propia los estragos de la violencia machista, lo que le impide quedarse en silencio ante esos hechos, a pesar de los riesgos que eso implica. En 2017 estuvo muy implicada en la denuncia que realizaron activistas feministas y familiares en torno al caso del incendio en un hogar de protección estatal en el que perdieron la vida 56 niñas por negligencia de las autoridades a cargo.

En ese momento Sildy y sus compañeras fueron intimidadas y amenazadas, por lo que tuvo que dejar su hogar y resguardarse en una casa de seguridad lejos de sus agresores.“Cuando empezamos un plantón frente del Palacio (Nacional) bautizado como la Plaza de las Niñas, nos mandaban a veces militares, policías, a veces también pagaban a personas que estaban en situación de calle por un plato de comida a que nos controlaran, a que nos grabaran, a veces los mirabas con un smartphone”, cuenta.

Pero en 2022 otra migración la volvió a sacudir. La agresión machista de un tío materno llevó a Sildy a ser ingresada en un hospital. Tras recuperarse fue traslada a la Ciudad de Guatemala, en donde conoció y decidió acompañar el caso de otra joven sobreviviente de femicidio. De esa historia hizo un documental.

“Yo también había tenido una agresión que me había llevado al hospital, solo que fue una agresión en el entorno familiar (…) y allí empiezo a seguir este otro caso que es el intento de feminicidio hacia Marta, una mujer de 35 años a la que su pareja le dio siete machetazos”, recuerda.

A pesar de las presiones familiares para no denunciar, cuando Sildy reunió el valor y realizó la denuncia de su propio caso, tuvo que volver a salir de su casa. Mientras que las consecuencias de documentar el caso de Marta la llevaron a tomar la difícil decisión de irse de Guatemala.

“Me sentía muy vulnerable, además como el trabajo que yo estuve realizando, siempre fue muy independiente, no me sentía acuerpada (…) yo siempre decía que yo no iba a salir que sea como sea me quedaba”, explica.

Indígenas sufren múltiples violencias

Para Delia Catú, de la Asociación Pop No’j, la falta de oportunidades educativas y el olvido de sus territorios contribuyen a que las mujeres indígenas vivan un ciclo de violencia.

“La migración, tanto interna como internacional, a menudo es una huida de la violencia intrafamiliar, el crimen organizado y la violencia sexual. Las mujeres no suelen revelar estas razones de inmediato, sino después de un acompañamiento prolongado”, menciona.

Por su parte, Fernanda de la organización Iniciativa Mesoamericana de Defensoras (IM-Defensoras) subraya que las violencias están enraizadas en una matriz de poder patriarcal, racista y clasista, que erosionan las posibilidades de una vida digna y segura, forzando a las mujeres a desplazarse.

“Los desplazamientos tienen un impacto psicosocial profundo, tiene impactos individuales, familiares, comunitarios, organizativos, entonces nunca es una decisión fácil y nunca es una decisión que se toma a la ligera”, precisa.

“Las compañeras suelen tomar este esta decisión con todo el peso que implica soltar el arraigo de la casa, de la familia, de las relaciones que van sosteniendo y haciendo su vida posible”, agrega.

Mientras Lourdes se decidió por la migración interna dentro de Guatemala, Sildy ha decidido permanecer más tiempo en un país de Europa donde encontró refugio.

Ambas coinciden en la necesidad de trabajar y sanar las heridas de una migración involuntaria. “Sanar colectivamente, sanar individualmente, nosotras decimos: sanando tú, sano yo y sanando yo, sanas tú”, dice Sildy.

Pero también permanecen con sus ojos en sus pueblos originarios y ven cómo “han persistido, resistido y existido hasta el día de hoy porque nuestros abuelos y abuelas han tenido muy clara la misión de la comunidad”.  

“Sin comunidad, nos desaparecemos”, concluyen.

Perfil del autor
La Lupa Feminista

Medio crítico feminista que informa sobre Nicaragua bajo dictadura.